29-Febrero-2008.
Mis queridos amigos:
Os escribo desde Valdocco, nuestra tierra santa salesiana. Los que habéis estado alguna vez por aquí lo sabéis bien, es como estar en casa. En cada rincón de este lugar se respira a Don Bosco. Parece presente, paseándose todavía por estos patios, saliendo de la capilla Pinardi, jugando junto a la fuente o asomado al balcón de su habitación pocos meses antes de morir. Este lugar tiene la fuerza de una gran obra y la ternura de las cosas del Espíritu, que nacen siempre en lo pequeño, en lo insignificante. Me llama la atención un rótulo a la entrada de la Iglesia de San Francisco de Sales, la Iglesia que construyó Don Bosco en 1851 y que sustituyó a la inicial en el cobertizo Pinardi. A pesar de que he visitado Valdocco en numerosas ocasiones, no me había detenido en él. El cartel dice así: “En la puerta de esta Iglesia de San Francisco de Sales, Don Bosco multiplicó el pan para sus muchachos una mañana de 1861”. Conocemos bien la anécdota recogida en las Memorias Biográficas. Los chicos están recogiendo el desayuno y parece que el pan no alcanzará para todos. Los clérigos que están junto a Don Bosco repartiendo el pan se dan cuenta y se ponen nerviosos porque no saben qué hacer. Pero asombrosamente el cesto no se termina y Don Bosco, sonriente, continúa repartiendo pan hasta el último de la fila. ¡Imaginaos la cara de los clérigos! Taumaturgia o no, histórico o no para los más recelosos de estos episodios, lo cierto es que Don Bosco multiplicó muchas veces el pan de sus muchachos: partió su propio pan con ellos, su propia vida, sus propios sueños. No dudó en amasar la harina blanca de la educación, la acogida, la cercanía. En tantas ocasiones se las ingenió para que a nadie le faltase el pan del cariño y la ternura. Se batió el cobre para que el dinero llegase siempre de sus benefactores y la casa pudiese seguir funcionando. Y siempre llegaba. ¡La Providencia! Decía con simplicidad Don Bosco. Se gastó como una sotana vieja para que todos tuvieran un oficio, un trabajo y perspectivas para seguir adelante. Hizo de sus muchachos sus hijos y redobló sus esfuerzos para que todos tuvieran una casa, un lugar donde estudiar, una familia para compartir alegrías, dificultades y esperanzas. Don Bosco partió el pan de la Eucaristía cada día con sus muchachos. Y les habló de paraíso, de cielo, de vida. Les abrió el corazón y los chicos descubrieron cómo era el corazón del padre. Y experimentaron tantas veces el perdón y la regeneración de la propia vida, en ocasiones tan maltrecha. Aprendieron a llamar a la Madre de Jesús, Auxiliadora. Y sabían que cada jornada, cada proyecto, cada paso dado no era más que una gracia de la Virgen. Si, Valdocco es un lugar de milagros. No es extraño que Don Bosco multiplicase aquellos panes una mañana a la puerta de la Iglesia. Dios lo da siempre a sus amigos. Como entonces el Maestro, unos pocos panes y unos pocos peces bastan para que toda la fuerza de Dios se pose en nuestra orilla y haya salvación para todos. Y panes. Y castañas. No lo dudes, Valdocco es un lugar de milagros. Es respirar el aire de lo extraordinario en lo pequeño y sencillo de un cobertizo, un prado y unos tiempos prodigiosos. ¿Y Don Bosco? Don Bosco es un poco de pan multiplicado para que sus muchachos sonrían. Buena semana. Vuestro amigo,
José Miguel Núñez, sdb



No hay comentarios:
Publicar un comentario