sábado, 20 de diciembre de 2008

“DE DON BOSCO, SÓLO LE FALTABA LA VOZ"

Mis queridos amigos:

En 1929, Don Juan Bautista Francesia, salesiano poeta, escritor y conocedor como nadie de los orígenes de la Congregación, escribió:
“A Don Rinaldi sólo le falta la voz de Don Bosco, todo el resto lo tiene”. ¿Quién era aquel que merecía tal elogio de uno de los muchachos que mejor conoció a Don Bosco y fue protagonista en primera línea de los comienzos de nuestra familia? Tenemos que remontarnos mucho tiempo atrás. En 1866, un pequeño estudiante de la casa salesiana de Mirabello se encontraba por primera vez con Don Bosco.
El santo sacerdote, de visita en la casa, tuvo la ocasión de encontrarse con los jóvenes y dirigirles una buena palabra. Aquel encuentro quedó profundamente marcado en el corazón y en la mente de Felipe, que así se llamaba nuestro protagonista:
“Recuerdo como si fuera ayer – escribió Felipe muchos años más tarde, casi al final de su vida -, la primera vez que me encontré con Don Bosco siendo tan solo un niño. Tenía poco más de diez años. El buen padre estaba en el comedor después del almuerzo, todavía sentado en la mesa. Con gran cariño se preocupó por mis cosas, me habló al oído y después de haberme preguntado si quería ser su amigo añadió, casi para solicitar una prueba de correspondencia, que al día siguiente fuese a confesarme con él”.
Felipe Rinaldi narraba este episodio en el tramonto de su vida, como quien lee lo acontecido hace mucho tiempo pero con la vivacidad de los acontecimientos que jamás se borran y permanecen siempre en la memoria. Aquel hablarle al oído cuando solo tenía diez años y el haberle abierto su corazón a Don Bosco fueron, escribe Don Rinaldi, como “las luces de la mañana que brillan con viva claridad ahora que la vida llega a su fin”. Fue el encuentro entre dos santos y uno, Don Bosco, había leído la vida del otro. El pequeño Felipe tenía algo especial. Aunque no se hizo la luz enseguida en su proyecto vital, Don Rinaldi se hizo salesiano y, más tarde, después de afrontar numerosas responsabilidades (director,inspector de España y de Portugal, Prefecto General), fue elegido Rector Mayor, sucesor de Don Bosco al frente de la Congregación Salesiana. Sencillo y cordial, dicen de él que ha sido el salesiano que mejor ha encarnado a Don Bosco. Viva imagen de nuestro padre, expresó como nadie su bondad. Como a Don Bosco, a Don Rinaldi, Dios le dio un corazón tan grande, tan grande, como las arenas de las playas de los mares. Fue su fiel reflejo y con creatividad supo ponerle rostro a la amorevolezza salesiana. El tercer sucesor de Don Bosco respiró el aire de aquellos primeros compases de la Congregación y bebió de las fuentes más puras del carisma salesiano.
Se entusiasmó con Don Bosco y descubrió en él la fuerza arrolladora de la santidad hasta el punto de recorrer el mismo camino de rosas y espinas por un emparrado hermoso y difícil que exigió de él una entrega sin límites.
Santo en una familia de santos, la Iglesia lo declaró Beato en 1990 y su fiesta es celebrada el cinco de diciembre. Demos gracias a Dios por habernos regalado salesianos de la talla de Don Felipe Rinaldi y sintámonos – también nosotros - herederos de una santidad ordinaria que hace extraordinarias las cosas sencillas de cada día vividas con los ojos y el corazón de Dios.

Vuestro amigo, José Miguel Núñez

domingo, 16 de noviembre de 2008

LEVANTAR LA MIRADA HACIA LO ALTO

NOVIEMBRE-2008

Mis queridos amigos:

Don Bosco escribió en 1847 un manual de oración para sus muchachos del Oratorio. Lo tituló “El joven instruido” y fue una referencia constante en la vida de Valdocco y de la futura Congregación Salesiana durante generaciones. No era tan sólo un manual, sino que además contenía una propuesta espiritual donde nuestro padre expresó su manera de entender la vida cristiana de los jóvenes.
En el prólogo, Don Bosco escribió: “Queridos jóvenes, os amo de todo corazón y me basta que seáis jóvenes para que os quiera mucho (…) Alzad los ojos, hijos míos y mirad hacia lo alto…”.
Se trata, ni más ni menos, que de una propuesta de santidad juvenil. Un camino de espiritualidad muy en conexión con la vida de los muchachos, muy de todos los días, muy cercano a la realidad cotidiana. Don Bosco no pedía grandes “prácticas de piedad” a los chicos del Oratorio, pero les enseñaba siempre a hacer de lo ordinario algo “extraordinario”: era una propuesta que invitaba a levantar la mirada para fijar los ojos en Dios.
Levantar la mirada hacia lo alto es caer en la cuenta de que la presencia de Dios impregna la vida de cada día dándole un sentido nuevo y diferente. Es alzar los ojos de la tierra, del metro cuadrado que a veces tanto nos agobia, de aquello que no nos deja vivir tranquilos y nos roba la paz del corazón, de lo que nos desasosiega o no nos deja ser verdaderamente libres. Es, sobre todo, experimentar la cercanía de Dios que nos quiere y nos señala siempre un horizonte más pleno que alcanzar.
Para Don Bosco, la espiritualidad es la experiencia cotidiana y sencilla de la cercanía de Dios, de su bondad misericordiosa, de su preocupación por nosotros. ¿No fue eso lo que le enseñó Mamá Margarita en I Becchi? Cuando se sentaban a la puerta de la casa en las noches de verano, siendo Juan tan solo un niño, lo invitaba a mirar a lo alto, a fijar la mirada en el cielo para ayudarle a comprender que Dios es un padre bueno que en su infinita bondad encendía las estrellas cada noche para nosotros.
Aquel humilde campesino creció convencido de que “un pedazo de paraíso lo arregla todo”. Siempre había una estrella que contemplar, un cielo que admirar, un agradecimiento que musitar en el silencio de la noche porque Dios se preocupaba siempre por sus muchachos y nunca los abandonaba. Estaba seguro de que, por muy fuerte que soplaran los vientos, la confianza inquebrantable en Dios iluminaba siempre, de forma nueva, la realidad.
Fue precisamente este “amor providente” de Dios que tantas veces experimentó en su vida, el que Don Bosco quiso transmitir a sus muchachos. En “El joven instruido”, en su espiritualidad, la primacía la tiene siempre Dios y su amor de Padre.
Apuntemos siempre a lo importante. En nuestra propia experiencia creyente, en nuestra propuesta de crecimiento en la fe para nuestros jóvenes, no perdamos nunca de vista dónde está lo esencial: la espiritualidad juvenil salesiana es un camino sencillo hacia la santidad en el que aprendemos, desde la vida diaria, a mirar siempre hacia lo alto, a levantar los ojos hacia Dios. Y iempre habrá un cielo por el que agradecer, cada noche, tanta providencia.

Vuestro amigo,

José Miguel Núñez

LA DIGNIDAD DE SER HOMBRE

Octubre de 2.008.
Mis queridos amigos:

Entre 1860 y 1861, el Oratorio de Don Bosco en Valdocco había sido objeto de alguna inspección desagradable.
Para salir al encuentro de las dificultades, Don Bosco escribe los “Apuntes históricos del Oratorio de San Francisco de Sales” (1862), pensando utilizar estas reflexiones como instrumento para una correcta información sobre su obra. En estas pocas páginas, expresa con mucha claridad cómo piensa Valdocco y la realidad que se vive en la casa después de muchos años de experiencia con los jóvenes más abandonados y en peligro de Turín y del Piamonte. Escribe:
“La idea de los Oratorios nace de la visita a las cárceles de esta ciudad. En estos lugares de miseria espiritual y temporal se encontraban muchos jóvenes, de ingenio despierto, de corazón bueno (…) estaban allí encerrados, envenenados, hechos el oprobio de la sociedad (…) En el Oratorio, poco a poco se les hacía experimentar la dignidad de ser hombres; que la persona es razonable y debe procurarse el pan de la vida con honestas fatigas y no con el robo”.
Don Bosco nos expresa con mucha sencillez cuál es el origen de su obra y las intuiciones que la sostienen.
Es la mirada inicial y penetrante del educador-pastor que descubre la realidad de los jóvenes y no se pierde en lamentos ni contemplaciones. Con brazos arremangados, Juan comienza su trabajo con los pies en la tierra y respondiendo a las dificultades de los muchachos que en aquel Turín de la revolución industrial eran carne de cañón de la nueva sociedad emergente. Como en todo tiempo, el corazón de los que respiramos en salesiano, debe cultivar una especial sensibilidad por los jóvenes más excluidos.
No podemos olvidar nunca que la obra salesiana nace de una mirada aguda y penetrante sobre la realidad juvenil. El Oratorio surge de un latido compasivo (en el sentido más literal del término)hacia aquellos a los que la vida, la historia y la sociedad les han arrancado la dignidad de ser hombres.
Las palabras de Don Bosco, “se les hacía experimentar la dignidad de ser hombre”, indican bien a las claras una de sus maneras de entender su propuesta educativa. Es tarea y compromiso del educador salesiano hacer sentir a los jóvenes la profunda dignidad del ser humano.
Ser persona es coger las riendas de la vida y ser dueño del propio futuro; experimentar la libertad que nos hace más humanos y abre espacios interiores de fidelidad a uno mismo y de lealtad para con los demás. Detrás de la expresión la dignidad de ser hombre, se encierra lo más noble del compromiso educativo de Don Bosco. Pan material y vestido; estudios y formación, capacitación profesional e inserción laboral… pero sobre todo educar para que los jóvenes descubran horizontes para la propia vida que dé sentido a lo que son y les ayude a ser más persona. Educar en salesiano también es el afecto y el calor de la amistad, la sonrisa franca y abierta de la acogida, la incondicionalidad de querer a las personas así como son, ofrecer a Jesucristo, camino verdad y vida… posibilitar, en definitiva, que los jóvenes crezcan y maduren liberados de cualquier cárcel (abandono, miseria, oscuridad, sin sentido…) y sean protagonistas de su propia vida.
Don Bosco, una vez más, nos recuerda que nuestro primer Oratorio, fue una visita a la cárcel y el empeño por liberar a los jóvenes de injustas prisiones. Ojalá no lo olvidemos.

Vuestro amigo,

José Miguel Núñez.

viernes, 26 de septiembre de 2008

LAS PREOCUPACIONES DE DON BOSCO

23-septiembre-2.008
Mis queridos amigos:
Los últimos meses de 1853 fueron muy difíciles en el Oratorio de Valdocco. La casa se iba consolidando, los muchachos eran cada vez más, la necesidades cada día más urgentes… y Don Bosco con una deuda a la que no sabía cómo hacer frente.Una vez más recurre a sus benefactores pidiendo a unos y otros una ayuda económica para hacer frente a una situación que llevaba camino de hacerse desesperada. Como le escribe al Señor Conti (un señor influyente en la ciudad) en noviembre, Don Bosco está de deudas “hasta el cuello”.Su carta de enero de 1854 al Conde Solaro della Margherita no deja lugar a dudas de lo angustioso de la situación y refleja a las mil maravillas el genio de Don Bosco antes las dificultades:“El encarecimiento de todos los alimentos, el número creciente de jóvenes abandonados, la disminución de muchos donativos que me hacían algunos particulares y que ya no me llegan… Todo esto me tiene sumido en tal necesidad que ya no sé cómo salir de ella. Sin contar muchos otros gastos, la factura del panadero para este trimestre es elevadísima y no sé de dónde sacar el dinero. Hay que comer. Y si yo niego un pedazo de pan a estos jóvenes en peligro y ‘peligrosos’ (está subrayado aposta en la carta), los expongo a grandes riesgos para su alma y para su cuerpo…”Son, realmente, las preocupaciones de Don Bosco por mantener y llevar adelante su obra en momentos de gran necesidad. Su espíritu emprendedor le hará desenvolverse con creatividad para hacer frente a estas situaciones que arriesgaban de hacerse crónicas por la progresiva e imparable complejidad del Oratorio.Sabemos que a finales del mes de enero, Don Bosco organizará una nueva lotería para paliar la falta de recursos. En la circular de presentación de la misma, el buen sacerdote escribe:“Las graves necesidades en las que me encuentro en este año debido a los múltiples gastos en los tres oratorios erigidos en esta ciudad para la juventud en peligro me obligan a recurrir a la beneficencia pública…”El corazón de pastor de Don Bosco se las ingeniaba para buscar recursos. En el centro de sus desvelos estaban sus muchachos abandonados y en peligro a los que cada día había que dar de comer, alojar y vestir.Pero en medio de tantas dificultades y estrecheces, Don Bosco sigue adelante ampliando su proyecto. Un par de años antes, había sido inaugurada la nueva iglesia de San Francisco de Sales; ese mismo año de 1854 estará listo el nuevo edificio que prolongaba la casa Pinardi en ángulo recto y en paralelo con la iglesia; al final del año, Don Bosco abrirá nuevas clases y nuevos talleres en el oratorio; en febrero de 1855, tan solo un año más tarde, Don Bosco anunciaba al obispo Gastaldi la compra de un terreno delante de la Iglesia de San Francisco de Sales (1258 m2) para nuevas clases y talleres… ¡Increíble!¡Don Bosco era furbo (listo)! Pero su furbizzia no era más que la expresión de una caridad pastoral emprendedora y creativa que no se paraba nunca, cuando del bien de sus muchachos se trataba. Eran las preocupaciones de un pobre cura que quiere lo mejor para sus hijos, pero era también el genio de un pastor que se sabía conducido por una estrella que siempre indicaba el camino.Buena semana.
Vuestro amigo, José Miguel Núñez

sábado, 14 de junio de 2008

UN SECRETO DE LA PROVIDENCIA

01-Junio-2008.
Mis queridos amigos:
Cuando se trataba del bien de sus muchachos, Don Bosco estaba dispuesto a ir adelante hasta la temeridad confiando sólo en la Providencia.Cuenta Don Francesia, uno de sus jóvenes y de sus primeros colaboradores, que en 1860 Don Bosco decidió comprar la casa aneja al Oratorio, la llamada casa Filippi. Los chicos eran cada vez más numerosos y los espacios se hacían insuficientes para albergarlos a todos. La nueva ampliación permitiría a Don Bosco acoger un buen número de muchachos que se añadirían a los que ya frecuentaban Valdocco.Su espíritu emprendedor no conocía límites. Pero más asombrosa aún era su capacidad de arriesgar y de confiar en que Dios no lo abandonaría por muy grandes que fueran las nuevas empresas acometidas. Desde la sencillez, pero con certeza, Don Bosco sabía que la Providencia vendría al encuentro de las necesidades cuando de por medio estaba el bien de sus jóvenes.Se trataba de comprar la casa Filippi, pero… ¿de dónde sacar el dinero para pagarla? Nadie su hubiera arriesgado sin tener una lira en el monedero. Pero para Don Bosco era tan sólo, un “secreto de la Providencia”. Sin una chica en el bolsillo, firmó el contrato. Una tarde estaba Don Bosco en uno de los dormitorios con los muchachos para bendecirlos con una pequeña cruz cuando llegó a visitarlo un señor que conocía bien la casa y que, ni corto ni perezoso, se adentró hasta el mismo lugar donde se encontraba el santo sacerdote. Como no había ni siquiera una silla donde sentarse, Don Bosco le ofreció un baúl como asiento y en él se “acomodaron” unos instantes para conversar.- He sabido que ha comprado usted la casa de al lado… ¡Estupendo! Era necesario porque esto ya se quedaba pequeño. Pero, dígame, ¿cómo piensa pagarla? Preguntó el invitado.- Hasta ahora, amigo mío, esto es un secreto de la Divina Providencia. Necesito 80.000 liras, contestó Don Bosco.- Bueno, pues el secreto se desvela a la mitad en este mismo instante. Cuente con 40.000 liras. Mañana puede pasar por mi casa a recoger el dinero, concluyó el visitante.Así “negoció” la Providencia en aquella ocasión, sobre un baúl en un sencillo dormitorio de internado. Aquella persona no era ni más ni menos que el Comendador Cotta, un insigne benefactor de Don Bosco que durante mucho tiempo fue expresión de la providencia para el Oratorio y los chicos.Una vez más, lo extraordinario en lo ordinario; el misterio en la cotidianidad; la acción providente de Dios y la confianza; la temeridad y la caridad pastoral de quien se sabe en las manos amorosas del Padre. Y un Padre nunca se deja ganar en generosidad.Así, entre lo sencillo y lo sublime se fue escribiendo la historia de Valdocco. Historia de “negocios” con la Providencia y de complicidades que nos desvelan la iniciativa salvífica de Dios y la pasión apostólica del corazón de Don Bosco. Para él, la “caridad pastoral” no entendía ni de cálculos, ni de presupuestos ni de temeridades cuando se trataba de ir adelante por el bien de sus muchachos. Era tan sólo…, eso, un secreto. ¡Fantástico!Buena semana.Vuestro amigo,
José Miguel Núñez, sdb

GRACIAS SEAN DADAS A DIOS, DADOR DE BIEN

29-Abril-2008.
Mis queridos amigos:
El Señor ha estado grande con nosotros y estamos muy alegres. Más de 3200 personas nos congregábamos en la Catedral de Sevilla el día 27 de abril, en torno a nuestro pastor Don Carlos Amigo, para celebrar la primera Asamblea Inspectorial de María Auxiliadora en esta nueva etapa en la que las Asociaciones de Andalucía, Canarias y Extremadura han unido esfuerzos, voluntades y caminos. Ha sido un acontecimiento relevante y extraordinario que quedará grabado en la historia de nuestra familia con un día grande en el que hemos podido expresar con valentía y audacia una devoción recia y filial a la Madre de Jesús.Gracias sean dadas a Dios, dador de todo bien porque continúa haciendo maravillas en medio de su pueblo. Porque nos ha regalado a María, Madre de la Iglesia y auxilio de los cristianos como un precioso tesoro.Gracias sean dadas a Dios porque su mano providente y la acción materna de María han estado palpablemente presentes en la historia de nuestra familia desde que a un pequeño campesino, pobre e ignorante, le fue dada una Maestra.Gracias sean dadas a Dios porque no ha cesado de conducir nuestro camino y no nos ha faltado nunca el cariño materno y tierno de la Madre: aquella que se paseaba por los prados de I Becchi, por los patios de Valdocco y que ha continuado haciéndolo en todas las casas salesianas del mundo acogiendo bajo su manto a los niños y jóvenes que en ellas se abren a la vida y crecen como personas, como ciudadanos libres y como cristianos responsables y comprometidos.En la casa de Don Bosco aprendimos a llamarla “Auxiliadora” y su presencia es siempre consuelo cuando rendidos a sus plantes ponemos ante su mirada de madre nuestros anhelos y dificultades, nuestras dolores y esperanzas. Ella siempre susurró a Don Bosco que “un pedazo de cielo lo arregla todo” y así lo hemos experimentado tantas veces.Gracias sean dadas al Padre por la madre de su Hijo, porque ha sido ternura para todos los jóvenes que no han experimentado nunca el cariño de una madre y continua siendo caricia para todos los que, en el margen de la historia, están excluidos del banquete.Ella continúa intercediendo por nosotros, por la Iglesia, por la Familia Salesiana, por los jóvenes… para que Dios siga multiplicando unos pocos panes y unas cuantas castañas y pueda seguir habiendo fiesta para todos, y justicia, y futuro. María Auxiliadora nos precede en este tiempo como estrella de la mañana invitándonos a ser “centinelas del amanecer” en la nueva evangelización.Gracias sean dadas a Dios, dador de todo bien, porque ha estado grande con nosotros y estamos alegres. María Auxiliadora, la Virgen de Don Bosco, seguirá derramando siempre las bendiciones de Dios sobre nosotros, sobre la gente sencilla, sobre la gente del pueblo y sobre los jóvenes, especialmente los más pobres.Con un abrazo grande y mi cariño sincero para todas las Asociaciones de María Auxiliadora con ocasión de la I Magna Asamblea Inspectorial en la Santa Iglesia Catedral de Sevilla el 27 de abril de 2008, un sueño largamente acariciado y profecía de comunión hecha realidad.Buena semana.Vuestro amigo,
José Núñez sdb

ENCENDER EL CORAZON

13-Abril-2008.
Mis queridos amigos:
Hace tan solo unas horas que los salesianos hemos concluido nuestro Capítulo General 26. Ha sido un acontecimiento de gracia del Espíritu para toda la Congregación. Como el Rector Mayor nos ha dicho en su discurso de clausura, se trata ahora de encender el corazón de los salesianos para que, partiendo de Don Bosco, relancemos con fuerza el carisma salesiano para seguir anunciando con entusiasmo y autenticidad al Señor de la Vida entre los jóvenes más abandonados y excluidos. Se trata, pues, de volver a las aguas más limpias y auténticas de nuestra historia para tomar impulso renovador que nos lance decididamente hacia el futuro desde un presente lleno de retos y oportunidades. He recordado mucho estos días el inicio de nuestra Congregación. Nuestra familia nace en un contexto impregnado de una espiritualidad honda y sencilla a un tiempo, pero muy pegada a la realidad cotidiana y con la mirada siempre en lo alto. Don Bosco formó a un puñado de jóvenes que crecieron junto a él y que, en buena medida, no conocieron más familia que la del Oratorio. De la nada, nuestro padre formó la Sociedad Salesiana con los muchachos que él mismo forjó a su imagen y semejanza y que no respiraron otro aire que el espíritu generado en Valdocco con la explosión carismática suscitada a través de la santidad de Don Bosco. Un ambiente espiritual extraordinario que tiene la antesala en aquel grupo de jóvenes que con Domingo Savio y Miguel Rua el 8 de junio de 1856 dieron vida a la Compañía de la Inmaculada. Tres años más tarde, en diciembre del 1859, Ghivarello, Cerruti, Francesia que habían sido también compañeros de Domingo Savio, están entre los que adherirán a la propuesta de Don Bosco de fundación de la Congregación. ¡Es un hecho extraordinario! En el momento de la firma del acto de adhesión, Don Bosco tiene cuarenta y cuatro años; Cerruti tiene quince; Chiapale tiene dieciséis; Rovetto diecisiete… Entre los firmantes, si exceptuamos a Don Bosco y a Don Alasonatti (que ya era sacerdote diocesano), ¡la edad media no alcanzaba los veintiuno! Verdaderamente Dios estuvo grande. Aunque en la humildad de las habitaciones de Don Bosco, con un cura campesino y un grupo de muchachos sencillos como protagonistas, el evento tiene la portada de los grandes acontecimientos. El año próximo, diciembre de 2009, se cumple el 150 aniversario de la Fundación de la Congregación. Un momento más que estimulante para dar gracias a Dios por todo lo que el Espíritu Santo ha suscitado a través de esta familia en los cinco continentes en un siglo y medio de historia. Pero ocasión más que oportuna para releer con las claves del siglo XXI las grandes intuiciones que dieron origen a nuestra familia. Hemos de saber encontrar dinamismos que estimulen nuestra respuesta al Señor en fidelidad dinámica a cuanto Don Bosco nos legó. Como aquellos jóvenes de la primera hora, no podremos tener otra mirada que la de nuestro padre, no puede latir el corazón con otro latido que el de nuestro padre, no pueden ser nuestras manos diferentes, en la operatividad creativa e industriosa por el bien de los jóvenes, de las de nuestro padre. Encender el corazón. Es el viento del Espíritu que sopla con fuerza en este tiempo nuevo que nos toca vivir y aviva las brasas del alma. Buena semana. Vuestro amigo,
José Miguel Núñez, sdb

ERA EL DIA DE PASCUA

16-Marzo.2008.
Mis queridos amigos:
Hace tan solo unas semanas me encontraba en Valdocco y tuve la oportunidad de disponer de una mañana entera para estar tranquilo, reflexionar y rezar en la capilla Pinardi. No pude evitar sentir, como tantas otras veces cuando vuelves a casa después de un largo tiempo, una emoción sin límites al recordar nuestra historia, nuestros orígenes y, sobre todo, a nuestro padre. Todo comenzó en un cobertizo. Hoy, la capilla Pinardi recuerda con un estupendo fresco del Resucitado en el frontal de la pequeña iglesia que aquel domingo de abril, cuando Don Bosco y sus muchachos llegaron a aquel lugar, era Pascua. Él mismo lo recuerda en las Memorias del Oratorio: “Reuní a los chicos a mi alrededor y me puse a gritar con voz potente: ‘Ánimo, hijos míos, ya tenemos un Oratorio más estable que en el pasado; tendremos iglesia, sacristía, locales para clases y terreno para jugar. El domingo iremos al nuevo Oratorio que se encuentra allá en casa Pinardi’, y les señalaba el lugar (…) Al domingo siguiente, solemnidad de Pascua, 12 de abril, trasladamos todos los enseres de la iglesia y los juegos, para tomar posesión del nuevo local”. Don Bosco recordó bien aquella fecha. Era Pascua de Resurrección. Como si de un nuevo renacer se tratase, como si Cristo Resucitado, liberado de los lazos de la muerte, abriese de nuevo en dos el mar para que Don Bosco y sus muchachos, atravesando hacia la otra orilla, llegasen la tierra prometida: Valdocco era el cumplimiento del sueño, el lugar señalado por Dios para llevar adelante su obra liberadora a favor de los jóvenes más abandonados y en peligro. Y lo cierto es que la espiritualidad salesiana, nacida al hilo de la vida en aquellos años de acción significativa del Espíritu, es profundamente pascual. Es una espiritualidad de la vida nueva, de la alegría y de la fiesta, de la confianza en el Padre, de la oportunidad – siempre actual – de recomenzar para aquellos muchachos que han perdido expectativas en el margen de la historia. Es una espiritualidad muy pegada a la realidad pero profunda y con hondas raíces. Sencilla en sus formas pero con la frescura de quien bebe cada día en las fuentes más auténticas del encuentro con el Resucitado en la Eucaristía, en la Palabra, en la entrega a los que más lo necesitan. Así educó Don Bosco a sus muchachos. Así seguimos viviendo todos los que hemos respirado el aire del carisma salesiano. Lo recordaba hace unos días ante el imponente Cristo Resucitado que preside el templo a Don Bosco en I Becchi. Justo sobre el lugar donde Don Bosco nació, la imagen del Resucitado nos recuerda que Dios envió a un hombre, cuyo nombre era Juan, e hizo de él buena noticia liberadora para los jóvenes de todos los tiempos y de su historia, historia salvadora. Como una nueva creación, la obra salesiana es el cumplimiento de la promesa de Dios. Su Hijo nos ha invitado al banquete del Reino y ha hecho de nosotros personas nuevas. Hoy, los salesianos y los que compartimos corresponsablemente el espíritu y la misión de San Juan Bosco, como testigos del Resucitado estamos comprometidos a acompañar a los jóvenes hacia une tierra nueva que mana leche y miel. Cuando dentro de unos días celebremos la Pascua, no nos olvidemos que hay caminos nuevos por los que caminar, junto a los jóvenes, hacia la estatura de Jesucristo, el Señor de la Vida. Buena semana. Buena Pascua del Señor. Vuestro amigo,
José Miguel Núñez, sdb

DON BOSCO Y EL JEFE DE LA BANDA

09-Marzo-208.
Mis queridos amigos:
Hace unos días, viajando por el Piamonte hacia Roma, vi en la carretera la indicación que desviaba hasta el pueblo de Carmagnola. Quizás, de momento, no te diga nada este nombre, pero tras él se esconde uno de los episodios más estupendos que Don Bosco nos ha narrado: su encuentro con Miguel Magone. Él mismo lo cuenta en la biografía que escribió del muchacho años más tarde: “Una tarde de otoño regresaba hacia el Oratorio y tuve que esperar, más de una hora, en la estación de Carmagnola el tren hacia Turín. Eran las siete; el tiempo estaba nublado y lloviznaba (…) Solamente un grupo de muchachos con sus juegos y gritos atraían la atención, o mejor dicho, atronaban los oídos con sus voces. Entre aquellas voces sobresalía una voz que, dominando todas las demás, era como la de un jefe, obedecida por todos (…) aprovechando un momento en que los chicos se hallaban alrededor de él, en tres saltos me coloqué entre ellos. Todos huyeron como espantados; sólo él avanzó hasta mí y con las manos en la cintura y tono chulesco me dijo: ‘¿Quién eres tú para entrometerte en nuestros juegos?’. ‘Un amigo tuyo’, le contesté”. Aquel encuentro fortuito fue el inicio de una amistad. El muchacho se llamaba Miguel y era carne de cañón. Como él mismo reconoció, algunos de sus compañeros estaban ya en la cárcel y él, con sus trece años, expulsado varias veces de la escuela, no tenía muchas perspectivas por delante. Huérfano de padre y en la más severa pobreza, su destino no podía ser muy diferente al de muchos de sus compañeros de banda. Pero el encuentro con Don Bosco le cambió la vida. De ingenio despierto y con una extraordinaria capacidad de liderazgo, Miguel encontró en la mirada bondadosa y amable de aquel cura que interrumpió sus juegos una tabla de salvación y se agarró a ella como a un clavo ardiendo. La palabra de Don Bosco le inspiró confianza, su cercanía le cautivó, su propuesta le abrió las puertas a una realidad nueva que no quiso desaprovechar. Aquel día pasó por su vida, en la estación de Carmagnola, el mejor tren posible. Y a él se subió confiado. La niebla de aquella tarde de otoño oscura dejó paso a un cielo más límpido y a un sol radiante. Don Bosco lo llevó con él a Turín. Y en Valdocco, Miguel encontró su pequeño paraíso. Allí aprendió que había otra manera de vivir y decidió que merecía la pena apostar por un futuro diferente. El espíritu de familia y la cercanía de Don Bosco despertaron todas sus potencialidades y Miguel logró afrontar la vida con decisión, desde su propia realidad, confiando en las fuerzas interiores que Dios ha puesto en el corazón de cada uno de nosotros. El acompañamiento de Don Bosco y el ambiente positivo de la casa hicieron el resto. Valdocco vivía su edad de oro. Estaba cercano el recuerdo de Domingo Savio. Pero había muchos más muchachos, entre ellos Miguel, que merecieron de Don Bosco palabras de admiración por lo que fueron capaces de conseguir y de ofrecer a los demás con su entrega y su testimonio. Al pasar por Carmagnola hace unos días, recordé que “educar es cosa del corazón”, que siempre “hay en cada joven un punto de acceso al bien” y que “no basta amar, sino que se den cuenta de que se les ama”. El jefe de la banda, aquella tarde, lo intuyó enseguida y eso, os lo aseguro, le cambió la vida. Buena semana
José Miguel Núñez, sdb

DON BOSCO: "UN POCO DE PAN PARA TODOS"

29-Febrero-2008.
Mis queridos amigos:
Os escribo desde Valdocco, nuestra tierra santa salesiana. Los que habéis estado alguna vez por aquí lo sabéis bien, es como estar en casa. En cada rincón de este lugar se respira a Don Bosco. Parece presente, paseándose todavía por estos patios, saliendo de la capilla Pinardi, jugando junto a la fuente o asomado al balcón de su habitación pocos meses antes de morir. Este lugar tiene la fuerza de una gran obra y la ternura de las cosas del Espíritu, que nacen siempre en lo pequeño, en lo insignificante. Me llama la atención un rótulo a la entrada de la Iglesia de San Francisco de Sales, la Iglesia que construyó Don Bosco en 1851 y que sustituyó a la inicial en el cobertizo Pinardi. A pesar de que he visitado Valdocco en numerosas ocasiones, no me había detenido en él. El cartel dice así: “En la puerta de esta Iglesia de San Francisco de Sales, Don Bosco multiplicó el pan para sus muchachos una mañana de 1861”. Conocemos bien la anécdota recogida en las Memorias Biográficas. Los chicos están recogiendo el desayuno y parece que el pan no alcanzará para todos. Los clérigos que están junto a Don Bosco repartiendo el pan se dan cuenta y se ponen nerviosos porque no saben qué hacer. Pero asombrosamente el cesto no se termina y Don Bosco, sonriente, continúa repartiendo pan hasta el último de la fila. ¡Imaginaos la cara de los clérigos! Taumaturgia o no, histórico o no para los más recelosos de estos episodios, lo cierto es que Don Bosco multiplicó muchas veces el pan de sus muchachos: partió su propio pan con ellos, su propia vida, sus propios sueños. No dudó en amasar la harina blanca de la educación, la acogida, la cercanía. En tantas ocasiones se las ingenió para que a nadie le faltase el pan del cariño y la ternura. Se batió el cobre para que el dinero llegase siempre de sus benefactores y la casa pudiese seguir funcionando. Y siempre llegaba. ¡La Providencia! Decía con simplicidad Don Bosco. Se gastó como una sotana vieja para que todos tuvieran un oficio, un trabajo y perspectivas para seguir adelante. Hizo de sus muchachos sus hijos y redobló sus esfuerzos para que todos tuvieran una casa, un lugar donde estudiar, una familia para compartir alegrías, dificultades y esperanzas. Don Bosco partió el pan de la Eucaristía cada día con sus muchachos. Y les habló de paraíso, de cielo, de vida. Les abrió el corazón y los chicos descubrieron cómo era el corazón del padre. Y experimentaron tantas veces el perdón y la regeneración de la propia vida, en ocasiones tan maltrecha. Aprendieron a llamar a la Madre de Jesús, Auxiliadora. Y sabían que cada jornada, cada proyecto, cada paso dado no era más que una gracia de la Virgen. Si, Valdocco es un lugar de milagros. No es extraño que Don Bosco multiplicase aquellos panes una mañana a la puerta de la Iglesia. Dios lo da siempre a sus amigos. Como entonces el Maestro, unos pocos panes y unos pocos peces bastan para que toda la fuerza de Dios se pose en nuestra orilla y haya salvación para todos. Y panes. Y castañas. No lo dudes, Valdocco es un lugar de milagros. Es respirar el aire de lo extraordinario en lo pequeño y sencillo de un cobertizo, un prado y unos tiempos prodigiosos. ¿Y Don Bosco? Don Bosco es un poco de pan multiplicado para que sus muchachos sonrían. Buena semana. Vuestro amigo,
José Miguel Núñez, sdb

¿TIEMPOS DIFICILES? TIEMPOS PARA HACER EL BIEN

20-Febrero-2008.
Mis queridos amigos:
En el año 1848 Don Bosco trataba por todos los medios de dar estabilidad a la obra emprendida en Valdocco y buscaba – con creatividad – maneras nuevas de acompañar a sus muchachos y ayudarles a crecer y a madurar como personas y como cristianos. Aunque no faltaban las fuerzas ni la confianza en Dios, sin embargo el día a día no estaba exento de dificultades que hacían muy duro el camino. Así lo describe Don Bosco en las memorias del oratorio: “Los muchachos, congregándose en varios puntos de la ciudad, en las calles y en las plazas, consideraban lícito cualquier ultraje al sacerdote o a la religión. Yo mismo fui agredido varias veces en casa y en la calle. Cierto día, mientras enseñaba el catecismo, entró una bala de fusil por la ventana; me perforó la sotana, entre el brazo y las costillas, y abrió un gran agujero en la pared. En otra ocasión, un sujeto bastante conocido, a pleno día y encontrándome en medio de una multitud de niños me agredió con un largo cuchillo en la mano (…) resultaba, pues, muy difícil dominar a tan desenfrenada juventud”. ¡Tiempos difíciles! Dirán muchos a su alrededor. Pero Don Bosco no se arredró y se arremangó la camisa para encontrar alternativas y abrir nuevas perspectivas a sus muchachos. Don Bosco no se lamentó, no tuvo tiempo para quejarse de cómo estaban los jóvenes y lo mal que estaba la sociedad. Con una mirada penetrante sobre la realidad, con gran espíritu de iniciativa y con flexibilidad, con sacrificio y confianza en la Providencia, se puso manos a la obra: “Apenas se pudo disponer de otras habitaciones, aumentó el número de aprendices artesanos, todos escogidos de entre los más abandonados y en peligro”. “Apenas se pudo”, señala Don Bosco. Con un fuerte sentido del realismo pero con tenacidad y optimismo fue capaz de plantarle cara a la desolación y ponerse manos a la obra. Les ofreció a los muchachos un hogar, una familia y la posibilidad de crecer como personas. Una empresa de gigantes, una pequeña gota en el océano pero que llenó de sentido la vida del propio Don Bosco y – sobre todo – de sus jóvenes. Y después vinieron los talleres, y la escuela, y los contratos, y la propuesta evangelizadora y catequética… Don Bosco, en ese mismo año, escogió a un buen grupo de sus mejores muchachos y les ofreció la posibilidad de vivir una experiencia de ejercicios espirituales. ¡Ejercicios espirituales! Parecía de locos. Ejercicios espirituales a aquellos muchachos pobres, abandonados y peligrosos… Muchos debieron pensar que Don Bosco era un ingenuo, que se equivocaba de lleno, que era como dar margaritas a los cerdos. ¡Cómo si los pobres no tuvieran derecho a que se les anuncie el Evangelio de Jesucristo! La experiencia fue tan buena, dice el propio Don Bosco, que a partir de aquel momento se repitió la experiencia cada año. Y de aquel puñado de muchachotes de la primera hora surgieron sus primeros colaboradores. El ambiente en el Oratorio cambió por completo. ¡Tiempos difíciles! No sé si peores o mejores que los nuestros. Pero como Don Bosco, no podemos perder el tiempo en lamentos y con confianza hemos de arremangarnos los brazos para encontrar veredas nuevas por las que anunciar a los jóvenes que Jesucristo es el Señor de la Vida. Buena semana. Vuestro amigo,
José Miguel Núñez, sdb

PAN, TRABAJO Y PARAISO

29-Enero-2008.


Mis queridos amigos:
Cuántas veces le preguntaría Don Bosco a sus muchachos: “¿Te quieres quedar con Don Bosco?”. La mirada asombrada e ilusionada de muchos de ellos expresaba de forma elocuente el deseo de un “si” largamente acariciado y esperado. Y para todos la promesa: “te prometo pan, trabajo y paraíso”. Sonó tan creíble la propuesta que muchos no dudaron y el corazón joven y apasionado de Juan Cagliero exclamó: “Fraile o no fraile… ¡me quedo con Don Bosco!”. Así fue siempre. Don Bosco les ofrecía el pan de cada día que no habría de faltar nunca en la mesa del pobre. Y aunque no hubiera más que un pedazo, lo partiría a medias con ellos. Sus chavales sabían que era cierto. Pero les aseguraba también el pan de la Eucaristía, el pan tierno del encuentro con Jesucristo, el Señor de la vida; y con El, les ofrecía el trigo limpio de la educación, la blanca harina del cariño y la amistad, la levadura de un futuro nuevo que sería amasado – les decía - con esfuerzo y compromiso. Incansable y tenaz, Don Bosco repetía a sus muchachos: “trabajo, trabajo, trabajo...”. Era su santo y seña; era su manera de ser pobre, de vivir la austeridad, de comprender la solidaridad con los más necesitados. En su casa, los jóvenes y sus primeros salesianos aprendieron el valor del sacrificio y del empeño en las tareas cotidianas. En nuestra familia hemos comprendido que nuestro tiempo es para los jóvenes, que no nos pertenece, que somos hijos de un trabajador infatigable ¡Una auténtica experiencia de espiritualidad! Pero les prometió también a sus muchachos el Paraíso: “¿A dónde va, Don Bosco?”, le preguntaban algunos cuando se cruzaban a toda prisa con él por los pasillos, los patios, las calles de Turín… “¡Al paraíso!”, les respondía. La mirada en el horizonte, más allá de la acostumbrada rutina o del mortecino vivir. Creativo y emprendedor, caminaba con los pies en el suelo pero con la convicción - aún en medio de grandísimas dificultades - de que “un trozo de paraíso lo arregla todo”. Así vivió y así murió el santo de los jóvenes: avivando sueños que parecían imposibles y alentando esperanzas perdidas; adelantando el cielo para sus muchachos cuando el suelo era, tantas veces, un pequeño infierno porque en el margen no hay oportunidades a las que agarrarse si alguien no te tiende su mano. Gastado hasta la extenuación, se despidió de ellos con un inmenso abrazo de padre y estableciendo un pacto con la eternidad: “Di a mis queridos jóvenes que los espero a todos en el paraíso”. Sus muchachos, en el Oratorio de Valdocco, comprendieron que Don Bosco era amigo de Dios. Domingo Savio, y como él tantos otros, vivieron una experiencia tan intensa junto a él que expresaron con su vida santa que el cielo no puede esperar “¡Qué cosas más hermosas veo!”. Y desde aquel momento en la casa de Don Bosco se hizo consistir la santidad en estar muy alegres. Hoy resuena para ti la misma pregunta que escucharon muchos chicos en Valdocco: ¿Quiéres quedarte con Don Bosco? Piénsalo en primera persona. En la familia salesiana te ofrecemos pan, trabajo y paraíso. Como a Cagliero, no te importe qué dirán de ti o cómo te las vas a arreglar. Sencillamente, quédate con Don Bosco. Buena semana. Buena fiesta de Don Bosco. Vuestro amigo,
José Miguel Núñez, sdb

DON BOSCO, EL EVANGELIO DE LOS JOVENES

20-Enero-2008.

Mis queridos amigos:
La antigua liturgia de la fiesta de Don Bosco se expresaba así al referirse al Padre y Maestro de la juventud: “Dios le dio a Don Bosco un corazón tan grande como las arenas de las playas de los mares”. Pocas frases logran expresar con tanta nitidez y tanta contundencia el don de Dios a la Iglesia, a la Familia Salesiana y a los jóvenes: ¡Un corazón tan grande como las arenas de las playas! Corazón de Padre, corazón generoso y entregado, corazón libre y apasionado, corazón magnánimo y misericordioso, corazón de Buen Pastor. Don Bosco es, sin duda, una buena noticia de parte de Dios para los jóvenes. Cuando sólo tenía nueve años la Providencia le marcó la senda por donde caminar: “No con golpes, con amor”. Y su mirada se hizo bondad; su corazón latió con la fuerza de la caridad; sus manos abiertas fueron solidaridad creativa para transformar la pobreza en un futuro de esperanza. En el principio fue, claro, la madre. Margarita: una mujer entera y cabal, tierna y fuerte, madre y padre a la vez. Supo contagiar a sus hijos del sentido de Dios que inunda la vida y genera confianza; les enseñó el sentido del trabajo y la solidaridad con los más necesitados. Fue la mejor escuela de santidad de la que aprendió Don Bosco. Margarita Occhiena fue, sin duda, el pecho en el que se acunó la propia Congregación Salesiana. Y la Maestra... siempre la Maestra que le ayudó a ser fuerte y humilde. Siempre la Madre de la Consolación que lo sostuvo con su auxilio en cada tramo del camino. Siempre la Madre buena que cubrió con su manto a los pequeños de su hijo predilecto, aquel que la soñó como columna fuerte y compañera de camino en el emparrado de rosas. Si, Juan Bosco fue presencia entrañable de Dios que paseaba por los arrabales de Turín, por las cárceles, por el despoblado de la historia donde vagaban aquellos que no han sido invitados al banquete. Se hizo para ellos: presencia encarnada, palabra de Dios, esperanza inquebrantable. “¡Dios te quiere! ¿No lo notas?” Y abrió para ellos el mar hacia una nueva tierra mil veces prometida y siempre preñada de futuro. Don Bosco se hizo pan partido para sus queridos jóvenes: “aunque no tuviera más que un pedazo de pan... lo partiría a medias contigo”. Y sus jóvenes sabían que era cierto. Don Bosco se hizo vino de fiesta para todos: ¡estad alegres! ¡Os lo repito: estad alegres! Y Domingo, Miguel, Juan, Francisco y tantos otros aprendieron que en la casa de Don Bosco “hacemos consistir la santidad en estar siempre alegres”. No hay mayor amor que dar la vida... ¡Qué bien lo entendió Don Bosco! Hasta su último suspiro fue para sus muchachos. Murió cansado, con las piernas hinchadas, casi ciego… como una sotana vieja... Ya se lo profetizó su amigo, el teólogo Borel, cuando Juan volvió a Turín después de recuperarse en I Becchi de la enfermedad que casi lo lleva a la tumba: ¡Lleva usted una sotana demasiado ligera! - le dijo - Se colgarán de ella muchos jóvenes! Así fue. Y aunque gastado, quedó siempre intacto el corazón. Hubo un hombre enviado por Dios cuyo nombre era Juan Bosco: una buena noticia para los jóvenes. Auténtico evangelio que sigue resonando aquí y ahora para que, en nombre del único Señor, todos – especialmente los pobres y abandonados - tengan vida y la tengan en abundancia. Buena semana. Buen mes de Don Bosco. Vuestro amigo,
José Miguel Núñez, sdb

EL MILAGRO DE LOS PEQUEÑOS ALBAÑILES

14-Enero-2008.
Mis queridos amigos:
En julio de 1846 Don Bosco enfermó gravemente. Una bronquitis aguda con inflamación de los pulmones, unida al agotamiento y la debilidad lo llevaron a las puertas de la muerte. Conocemos bien el episodio. El joven sacerdote no había cumplido todavía los 31 años y comenzaba la obra de los oratorios con los pobres jóvenes abandonados a su suerte en los arrabales de Turín. Se sentía, destrozado por la enfermedad, a punto de acabar, aceptando encontrarse al final del camino y preparado para el encuentro con el padre. La noticia de su enfermedad comenzó a extenderse como un reguero de pólvora por los talleres, las fábricas y los andamios de la ciudad: “¡Don Bosco se muere!”. Un número incesante de muchachos desfilaban por los pasillos de El Refugio de la Marquesa Barolo, donde Don Bosco tenía por entonces su habitación, para preguntar por él e interesarse por su salud. Como el propio Don Bosco describe en las Memorias del Oratorio, supo más tarde que aquellos jóvenes: “Espontáneamente rezaban, ayunaban, escuchaban misa, comulgaban; se alternaban pasando la noche en oración y el día delante de la imagen de María de la Consolación. Por la mañana se encendían velas especiales y hasta bien entrada la noche había siempre un gran número de chicos pidiendo a la Madre de Dios que curase a su pobre Don Bosco (…) Me consta que bastantes muchachos albañiles ayunaron a pan y agua durante semanas sin parar de trabajar…”. Y el milagro se produjo. Aquellos pobres jóvenes arrancaron de Dios la salud de Don Bosco: “Dios los escuchó. Era un sábado por la tarde y se creía que aquella noche sería la última de mi vida: así decían los médicos que fueron consultados; yo estaba también convencido de ello sintiéndome sin fuerzas y con pérdidas continuas de sangre. Bien entrada la noche me entró sueño; me dormí y me desperté fuera de peligro”. Don Bosco estaba convencido de que fueron las oraciones y el cariño de sus muchachos los que le devolvieron la vida. Así lo expresó en numerosas ocasiones afirmando con emoción: “Os debo la vida. De ahora en adelante, todas mis fuerzas serán para mis queridos jóvenes”. Una página conmovedora de nuestra historia que nos ayuda a comprender el inmenso cariño de los jóvenes del Oratorio a quien experimentaban como un padre bueno y un amigo incondicional que les había devuelto la esperanza en el futuro y la confianza en sí mismos porque Dios los amaba. Bien podemos decir que la vida de Don Bosco, que parecía haber llegado al final, nos la han devuelto los jóvenes pobres del Oratorio con sus oraciones y sacrificios rogando a Dios que lo curase. Aquellos albañiles y limpiachimeneas desarrapados, siempre en el filo de la navaja de la marginalidad y la exclusión social, lograron de Dios el milagro. Estamos en deuda con los jóvenes abandonados y en peligro; estamos en deuda con los últimos, con los más pobres. Don Bosco es para ellos. Nosotros, sus hijos, les prometemos – como entonces en Turín – que seguiremos en la brecha abriéndoles nuestras casas y nuestro corazón y adelantando creativamente un futuro que muchos les niegan. Buena semana. Buen mes de Don Bosco. Vuestro amigo,
José Miguel Núñez, sdb

ESTAR JUNTO A DON BOSCO

07-Enero-2008.
Mis queridos amigos:
Un saludo cordial al inicio del nuevo año y mis mejores deseos de bienaventuranzas para todos en este 2008. Comenzamos el mes de Don Bosco y es una estupenda oportunidad para acercarnos más a él y seguir descubriendo los tesoros de su persona, de su experiencia de Dios, de su proyecto liberador para los jóvenes, de su propuesta pedagógica siempre actual. Ante el inicio de un año nuevo, Don Bosco solía aprovechar las buenas noches del 31 de diciembre para dar a sus chavales el “aguinaldo”, esto es, un recuerdo espiritual para el nuevo año. En 1859, comenzó de esta manera: “Mis queridos hijos, vosotros sabéis cuánto os quiero y cómo me he consagrado por entero a haceros el mayor bien que me sea dado. Ese poquito de ciencia, ese poquito de experiencia que he adquirido, cuanto soy y cuanto poseo, oraciones, fatigas, salud, mi vida misma, todo deseo emplearlo en vuestro servicio. Todos los días y para cualquier cosa podéis contar conmigo. Por mi parte, y como aguinaldo, me doy a vosotros por entero; será cosa pequeña, pero cuando os lo doy, quiero decir que nada me reservo para mí”. Sin duda, Don Bosco en estado puro. Palabras pronunciadas desde el corazón, llenas de familiaridad y afecto, cargadas de fuerza porque sostenidas con la experiencia que los propios muchachos tenían cada día de cercanía y cariño de parte del padre de la casa que no escatimaba esfuerzos para abrirles senderos de esperanza en medio de dificultades y sinsabores. Todos sabían que Don Bosco no decía aquellas palabras para la ocasión. ¡Habían vivido tantas veces este “darse por entero” de aquel pequeño sacerdote de corazón grande! Por eso aquellas “buenas noches” debieron abrigar el alma, tan al aire, de muchos de aquellos jóvenes desarrapados, desconcertados y sin demasiadas perspectivas. Había motivos para la confianza. Aquel cura se ocupaba de ellos como un padre bueno lo hace con sus hijos. Para los jóvenes del Oratorio, estar junto a Don Bosco era una alegría. Uno de sus muchachos, de los que oyó tantas veces “buenas noches” como éstas, escribió: “Con frecuencia decíamos entre nosotros: ¡Qué gusto da estar cerca de Don Bosco! Quien puede hablarle un instante, enseguida se siente lleno de confianza” (Juan Bautista Francesia). ¿Os dais cuenta! ¡Estar cerca de Don Bosco! De eso se trata también para nosotros. Acercarnos a Don Bosco, escucharlo, conocerlo, hacerlo nuestro. Volvamos a entusiasmarnos, siempre y en toda ocasión, con Don Bosco. Vivámoslo, vibremos con él, démoslo a conocer y entusiasmemos a muchos a que quieran vivir como él. Es la experiencia de Miguel Rua: “He vivido al lado de Don Bosco por espacio de treinta y siete años… Me impresionaba más observar a Don Bosco y estar junto a él que leer y meditar cualquier libro de devoción” (Miguel Rua). Estar junto a Don Bosco. Este es el mejor aguinaldo para este año. Nuestro padre nos recuerda, como en aquel lejano 1859: “¡Podéis contar conmigo!”. El seguirá, desde el cielo, susurrándonos al oído la buena noticia del amor de Dios que como pan tierno y blanco sus hijos seguirán partiendo siempre entre los jóvenes. Buena semana. Buen mes de Don Bosco. Vuestro amigo,
José Miguel Núñez, sdb