domingo, 4 de abril de 2010

EL PAPA Y LOS CHICOS DE DON BOSCO

En 1848, cuando el Oratorio de San Francisco de Sales todavía luchaba por consolidarse, Italia vivía tiempos de revolución. El Papa Pío IX, amenazado por la revuelta popular y el poder político que quería despojar al pontífice del poder temporal que ostentaba, se exilió de Roma para poder garantizar su seguridad. Al margen de las causas políticas que provocaron tal situación, el acontecimiento del exilio papal creó en Don Bosco y sus muchachos un hondo pesar. Como para muchos católicos de su tiempo, la preocupación por la situación de amenaza que vivía
la Iglesia provocó una corriente de solidaridad y simpatía hacia el pontífice que se concretó en numerosos signos de apoyo incondicional al “Vicario de Cristo”.
Las necesidades económicas de la Iglesia crearon tal inquietud en el mundo católico que por todas partes se tomaron iniciativas solidarias con el fin de paliar la penosa situación de Pío IX. Corría el año 1849 cuando en el Oratorio de Valdocco Don Bosco propuso a sus muchachos una colecta para recaudar fondos y ayudar al Santo Padre. El mecanismo se pone en marcha con la necesaria motivación pedagógica y aquellos muchachos, entre el abandono y la necesidad de supervivencia, logran recaudar 35 liras de sus bolsillos maltrechos.
Don Bosco, con agudeza, quiere darle una solemnidad adecuada al acontecimiento y llama a algunas personalidades de la ciudad de Turín, entre ellos el Marqués Gustavo Cavour, a recoger la ofrenda de los pobres muchachos de Valdocco para el Santo Padre. Un periódico de la ciudad se hace eco del evento y Don Bosco consigue la notoriedad del momento para su Oratorio y la simpatía y admiración de la ciudadanía para su obra.
Los muchachos de Don Bosco, con la cara alegre y sonriente, rodean a los ilustres señores y dos de ellos se adelantan. Uno les entrega la cantidad recaudada, el otro pronuncia un discurso ciertamente preparado por Don Bosco) para la ocasión. Al terminar, un coro de niños cantará un himno compuesto en honor del Papa.
Una vez más, el ingenio de Don Bosco se pone al servicio de la causa de los oratorios y, al mismo tiempo, acrecienta en sus muchachos su sentido eclesial con la adhesión a la persona del Papa. Ciertamente, es el óbolo de la viuda del Evangelio, lo pequeño, lo insignificante, pero que con un valor incalculable educa en la solidaridad compartiendo lo poco que se tiene. Ciertamente, el Papa llegará a conocer el sencillo gesto de los chicos de Valdocco y algunos meses más adelante devolverá el gesto con el regalo de unos rosarios bendecidos por él para los niños y jóvenes del Oratorio.
Como podemos suponer, ya se encargó Don Bosco de que también este sencillo signo de amistad tuviera su trascendencia en medio de las actividades de la casa.
No nos cabe duda de que Pío IX recordará siempre con afecto la entrañable solidaridad de los chicos del Oratorio. Pero además, aquel sencillo gesto en momentos difíciles, hizo que las elaciones entre Don Bosco y el Pontífice se mantuvieran y acrecentaran durante muchos años. Don Bosco, hombre de Iglesia con un sentido pedagógico y práctico de la vida, supo en cada circunstancia situarse adecuadamente y ofrecer a sus muchachos las claves para leer la realidad
al tiempo que alcanzaba sus objetivos de consolidación de su obra. Lo único que le interesó, ciertamente, fueron los jóvenes.

José Miguel Núñez.

sábado, 20 de marzo de 2010

DOMINGO, AMIGO DE DIOS


Mis queridos amigos:

El día 9 de marzo celebramos el aniversario de la muerte de Domingo Savio y su recuerdo, más vivo que nunca, nos compromete. Don Bosco no duda en escribir en su biografía del joven Savio que en el Oratorio, “todos eran amigos de Domingo”. Cuenta Don Bosco cómo era el “alma” de los recreos, bromeaba y creaba un ambiente alegre a su alrededor que hacía que sus compañeros lo buscasen porque a su lado se divertían. Era el compañero vivaz, dicharachero y desenvuelto que se hacía querer por su buen humor, su sencillez y su bondad.
Continúa Don Bosco: “Su semblante alegre, su índole vivaz, lo hacían querido de sus compañeros aún de aquellos más gamberros”. Un día en que llegó al Oratorio un chico nuevo, Don Bosco –como en tantas otras ocasiones– pidió a Domingo que estuviese pendiente de él para que se encontrase a gusto desde el principio. Domingo se presentó a él y con amabilidad y cercanía le fue presentando a todos y enseñándole el Oratorio. Es el mismo Don Bosco quien nos transmite una estupenda conversación con Camillo Gavio, que así se llamaba el nuevo compañero: “¿Sabes? –le dijo Domingo-
Aquí nosotros hacemos consistir la santidad en estar muy alegres... empieza también tú a hacer tuyo este programa de vida: “servid al Señor en alegría” ¡Ya verás qué bien!”.
Las tres sugerencias de Don Bosco a sus jóvenes: alegría, trabajo y piedad serán las claves del camino de crecimiento de muchos de ellos. En especial, la alegría será una de las características de la espiritualidad que él propondrá siempre a sus uchachos.
La alegría que Don Bosco invitaba a vivir brota del corazón y tiene su fuente en la buena noticia del Evangelio y en el encuentro con Jesucristo. No se trata de una sonrisa forzada y circunstancial, sino del gozo que brota del corazón cuando descubrimos que es posible vivir en armonía porque hemos experimentado el amor de Dios que en Jesucristo nos ha abrazado entrañablemente.
Esta es la experiencia de Domingo:
sentirse amado por Dios y hacer crecer, en el encuentro con el Señor, espacios interiores de libertad que le hacen vivir en alegría la entrega generosa a los demás.
En la alegría, como valor a cultivar en la vida diaria, encontramos una vereda de crecimiento personal que le da a lo cotidiano un tono particular:
capacidad para afrontar las dificultades sin dejarse vencer, ánimo para asumir las responsabilidades de cada día, optimismo para dar nuevos pasos en el compromiso personal, talante bondadoso en el encuentro con las personas para las que siempre tenemos el gesto oportuno y la palabra amable ¿No te parece un camino extraordinario? Es justo ahí, en la vida sencilla de cada día, donde se fragua la santidad simpática de Domingo Savio sin grandes alardes, pero con la profundidad de quien ha decidido no quedarse en la cáscara de las cosas.
Sólo quien cuida su interioridad alcanza niveles de serenidad y de alegría impensables fuera de esta perspectiva. Cuida tu encuentro con el Señor cada día, deja que tu amistad con él abra espacios de libertad en tu interior y ponle, también tú, una sonrisa amable y contagiosa a tu realidad cotidiana. Verás que todo se transforma.

José Miguel Núñez.

jueves, 4 de febrero de 2010

¡¡¡DIOS PROVEERÁ!!!


Mis queridos amigos:


Siempre he admirado en Don Bosco la tenacidad con la que afrontó y llevó a cabo cada proyecto a lo largo de toda su vida. Procuró actuar con prudencia en todo momento pero con una tenaz perseverancia. Confiaba sin límites en el Señor e iba adelante con firmeza exclamando “¡Dios proveerá!”.
Leemos en las Memorias Biográficas:
“Cuando encuentro una dificultad, incluso de las más grandes, hago como los que andan por el camino y a un cierto punto lo encuentran bloqueado por una gran piedra. Si no puedo quitar el obstáculo de en medio, me subo encima, o por un camino más largo doy un rodeo. O bien, dejada sin terminar la empresa comenzada, para no perder inútilmente el tiempo esperando, comienzo enseguida otro proyecto. Pero no pierdo de vista nunca la obra comenzada y sin terminar. Con el tiempo, los frutos maduran, los hombres cambian, las dificultades se allanan”.
Toda una lección de sabiduría ¿no te parece? Dicen que los piamonteses son auténticos y tenaces hasta la testarudez. Que persiguen sus sueños con firmeza sin pararse ante los obstáculos. No sé si lo da la tierra, pero lo cierto es que Don Bosco tuvo algo de todo esto. Siempre alimentó una fuerza de voluntad que le hacía ir adelante aún en medio de grandes dificultades, sin ceder, sin volver atrás cuando estaba convencido de caminar por el sendero justo.
Ni las dificultades de la niñez, ni el desencuentro con la Marquesa Barolo, ni la grave enfermedad en el inicio de su misión con los jóvenes de Turín, ni las incomprensiones del Obispo Gastaldi – por citar sólo algunos ejemplos -, lograron que se apartara del camino que Dios le marcaba. Supo esperar con paciencia, buscó senderos diversos, superó los obstáculos, pero no arrojó la toalla ni se arredró ante lo complicado de algunas situaciones. Cuando trataba de poner en marcha la Congregación Salesiana, ante las muchas trabas que encontraba, no perdió el ánimo.
Tuvo que recorrer un camino de quince años hasta la aprobación definitiva de las Constituciones.
Un sacerdote anciano que vivió muchos años en el Oratorio de Valdocco, en 1889 (un año después de la muerte de Don Bosco), escribió:
“Don Bosco fue un hombre de carácter firme, de propósito tenaz, de mirada larga y justa, de tacto finísimo en el trato con las personas y las cosas, de grandísima confianza en la Providencia divina. Todo lo que en su vasta mente se engendraba, aunque pareciera que los obstáculos fueran insuperables, él lo realizaba. Llevaba adelante las cosas como por encanto, con estupor general, confiando en estas palabras: ¡Dios proveerá!”.

En efecto, Dios proveerá. Como siempre ha hecho en nuestra familia, también hoy confiamos en que Dios hará prósperas las pobres obras de nuestras manos. Con la invencible tenacidad de nuestro padre, acometemos proyectos hasta la temeridad cuando del bien de los jóvenes se trata. Por muy fuerte que soplen los vientos, Dios los convertirá en brisa; por muy altos que sean los montes, Dios los allanará. No lo dudes, siempre hay caminos. Y en el sendero árido y tortuoso, Dios siempre provee a los de corazón grande, ancha mirada y paso firme.


Vuestro amigo,

José Miguel Núñez.

viernes, 15 de enero de 2010

¡Quédate!

Mis queridos Amigos:

Avanza el mes de enero y se acerca la fiesta de Don Bosco. Celebrar a nuestro padre es también disponer el corazón para vivir como él y hacer nuestras sus grandes intuiciones espirituales y apostólicas. Esa es la tarea que tenemos por delante y el compromiso que todos nosotros asumimos cada día: ser fieles, con creatividad, a la herencia carismática que el santo de los jóvenes nos ha dejado.
Cuenta el mismo Don Bosco en las Memorias del Oratorio que una tarde lluviosa del mes de mayo (quizás del 1847), un joven de unos quince años se presentó en su casa completamente empapado de agua: “No tengo nada y estoy completamente solo” le dijo, mientras Mamá Margarita trataba de secarle las ropas. Don Bosco, reconoce él mismo, “estaba conmovido”. La respuesta que brotó de su corazón de padre, aún en la penuria de aquel tiempo, no fue otra que “hacerle hueco”: “Quédate”.
Creo que en aquel primer “quédate” podemos descubrir toda la fuerza de un corazón grande y magnánimo que ha comprendido que el amor no entiende de medidas ni de evasivas. Como el samaritano protagonista del relato evangélico, Don Bosco no dio un rodeo; no se apartó del camino; no buscó excusas ni apretó el paso para pasar de largo. Solo abrió la puerta para que aquel muchacho pudiese entrar: “Quédate”. Y después vinieron muchos más “Quédate” pronunciados con una sonrisa y una mano abierta y solidaria que invitaban siempre a la esperanza.
¿Cuántas veces se repetiría aquella misma escena? Hemos de aprender de Don Bosco a decir “Quédate”; o lo que es lo mismo: me importas mucho, aquí estoy, cuenta conmigo. Mirando a nuestro padre, hemos de saber expresar también nosotros, como él, la bondad y la cercanía del que no pasa de largo, mira con compasión la realidad y se implica en ella a fondo aunque eso suponga “complicarse” más la vida. Decir “quédate” a los hermanos es abrir la puerta de la fraternidad para compartir, para disculpar, para comprender, para acompañar. Sin pasar de largo. Decir “quédate” a los chavales que se nos confían es cruzar la línea de la indiferencia para ganar el corazón desde la cercanía, la paciencia y el cariño. Sin pasar de largo.
Decir “quédate” a los que nos piden una mano o llaman a nuestra puerta en una tarde lluviosa es estar siempre dispuestos a poner al otro en primer lugar, a tender la mano de la amistad, a tener a punto el fuego de la acogida, a encontrar siempre un lugar para poder calentar el alma, a veces tan al aire, de los que se encuentran a la intemperie. Sin pasar de largo. Don Bosco no dio rodeos. Su corazón, tan grande como las arenas de las playas, fue siempre el hogar de cuantos se acercaron a él buscando un poco de calor. En este mes de Don Bosco, preparar su fiesta es asumir en el día a día el compromiso de saber decir “quédate” siempre que alguien llame a nuestra puerta aterido de frío. ¡Ojalá siempre le abramos!
Vuestro amigo
José Miguel Núñez

viernes, 18 de diciembre de 2009

A MEDIAS CONTIGO O LA SOLIDARIDAD DEL POBRE


Mis queridos amigos:

Corría el año 1852 cuando en Turín, una tarde de primavera una explosión atronadora rompía en dos la ciudad y sumía en el caos y la destrucción el barrio Dora, muy cerca de Valdocco. Estalló, causando enormes destrozos, el polvorín militar. Hubo 28 víctimas y numerosas pérdidas materiales.
Don Bosco se encontraba en los primeros años de su obra y estaba construyendo la Iglesia de San Francisco de Sales en el Oratorio, porque la capillita Pinardi se había quedado definitivamente pequeña para albergar a los jóvenes de la casa. Aunque hubo algunos destrozos, techos caídos y ventanas rotas, no se tuvieron que lamentar grandes pérdidas. El armazón de la nueva Iglesia,
todavía por concluir, no sufrió daños importantes. Don Bosco y sus muchachos corrieron enseguida para ayudar y socorrer a los heridos. Mamá Margarita quedó en casa con algunos chicos para tratar de arreglar el desastre. Cerca del Oratorio, el hospital del Cottolengo había sido golpeado duramente.
Mucha destrucción, pánico indescriptible y numerosos heridos. No dudaron ni un instante los chavales de Don Bosco en ir a echar una mano. La solidaridad es como una corriente eléctrica entre quien nada tiene. Por aquellos días, Don Bosco había realizado una lotería, como hizo tantas veces, para recaudar fondos y poder financiar la construcción de San Francisco de Sales. Tenía 30.000 liras (todo un tesoro) preparadas para hacer frente a los gastos y poder concluir las obras. Ante tal desastre, no dudó en llevar al superior del Cottolengo la mitad del dinero que, como oro en paño, tenía guardado para el Oratorio. Enterado el Arzobispo de tal gesto, dio a conocer el hecho y escribió una carta preciosa al propio Don Bosco agradeciéndole su generosidad. Don Bosco había escuchado muchas veces de boca de mamá Margarita la historia
popular de aquel soldado, Martín, que no dudó en compartir la mitad de su capa militar con un mendigo muerto de frío en el camino. Después soñó al Señor con su manto puesto y un letrero que decía: “Martín me ha cubierto con su manto”.
Ir a medias para que otros tengan con qué cubrirse. Nos recuerda este sencillo episodio aquella expresión que Don Bosco repitió tantas veces a sus muchachos más pobres:
- Te quiero tanto que, aunque no tuviera más un pedazo de pan, lo partiría a medias contigo.
Un día, con uno de sus primeros chavales, Miguel Rúa, –haciendo el gesto de partir en dos su mano y ofreciéndole la mitad de ella– le decía:
- Tú y yo iremos en todo a medias.
Y aquel muchacho, que no entendía nada de lo que Don Bosco le decía, se convirtió en pocos años en su mano derecha y su sucesor. Ir a medias (que no mediocremente) con Don Bosco. Para compartir nuestra vida y nuestro pan con los que nos necesitan; para estar ahí, en el momento justo cuando todo se derrumba, para no dar rodeos ni mirar hacia otro lado cuando todo estalla;
para ser un poco de bálsamo que ayude a cicatrizar heridas; para ser un pedazo de pan tierno y blanco que sacie el hambre de afecto de tantos; para ser signo de esperanza ante tanta desesperanza.
Como Don Bosco, pasa por la vida sin dar rodeos ante las necesidades de los demás. Cuando haces tuyo el dolor del apaleado en el camino, quizás encuentres que no tengas para terminar tu proyecto, pero –sin darte cuenta– habrás recibido el ciento por uno.



José Miguel Núñez.

domingo, 29 de noviembre de 2009

VOLVER A LA FUENTE

Mis queridos amigos:

Puede que para muchos no tengan demasiada importancia porque lo consideran tradición menor. Pero a mí me resulta apasionante volver a releer el testimonio de aquellos que conocieron a Don Bosco y guardaron con celo y fidelidad admirable sus recuerdos. Son los pequeños fragmentos que componen el mosaico del espíritu salesiano y que nos devuelven con todo su colorido el retrato de nuestro padre. Siempre me llamó la atención la experiencia del encuentro con Don Bosco que tuvieron los primeros salesianos y la fascinación que sintieron hacia él. Como el relato, por ejemplo, que nos dejó escrito de forma autobiográfica uno de los padres de la Congregación Salesiana: Don Giovanni Battista Francesia, uno de aquellos 18 jóvenes que en diciembre de 1859 se reunieron en la habitación de Don Bosco para constituir la Sociedad Salesiana. Así describe su primer encuentro con Don Bosco, siendo todavía un niño:
“En la fiesta de los Santos (1850), un pariente mío mientras jugaba al trompo junto al muro del manicomio de la Via Giuglio, me dijo:
- ¿Quieres que vayamos a ver a Don Bosco?
- ¿Para qué?
- Hoy reparten castañas.
- Pero ¿Quién es Don Bosco?
- Es un sacerdote que recoge muchos chicos en las fiestas y allí se divierten.
Hoy reparten castañas, ven.
Yo fui y vi por primera vez lo que era un Oratorio festivo (...) ¡Cuánto me divertí! Pero en lo mejor sonó la campanilla. Vi correr como por encanto a todos los que estaban a mí alrededor. Creyendo que yo también debía huir, corrí por donde me pareció y fui a caer, para mi ventura, junto a Don Bosco, que avanzaba para contener aquella oleada de muchachos que parecía huir no sabría adonde. Él inmediatamente me dijo:
- ¿Quieres decirme dos palabras al oído?
- ¡Oh, sí!
- ¿Pero sabes lo que significan?
- Sí, sí, que vaya a confesarme.
- ¡Bravo! Lo has adivinado. ¿Cómo te llamas?
- Giovanni Battista.
- Por ahora, ven conmigo.
Me tomó de la mano y me condujo a la Capilla Pinardi”. Don Giovanni Battista, ya anciano, recordaba con mucha vivacidad este primer encuentro con Don Bosco. ¡No se le pudo olvidar! Nos recuerda a tantos otros encuentros, a tantos otros diálogos, sonrisas, silbidos y gestos de complicidad. Siempre hubo, además, un Avemaría. Don Bosco se hace cercano, entrañable, cariñoso. Siempre presente entre sus muchachos, para todos tiene la palabra al oído adecuada en
el momento preciso. Muchos jóvenes tendrán que “venir y ver”, como el joven Francesia. A nosotros nos toca ponerle rostro, y palabra y gestos de bondad a Don Bosco hoy. Tradición menor, piensan algunos. Pero a nosotros nos devuelve la frescura de un Don Bosco siempre joven
y la fascinación de Valdocco en la pureza de nuestros orígenes. Volver a la fuente. Siempre.

José Miguel Núñez.

lunes, 12 de octubre de 2009

TALLERES PARA LOS POBRES

Mis queridos amigos:

En pleno desarrollo y maduración de su obra en Valdocco, Don Bosco abre sus primeros talleres entre 1853 y 1856. Son talleres de zapatería, sastrería, encuadernación y, algo más tarde, también de carpintería.
Hasta ahora, sus muchachos aprendices habían frecuentado diferentes talleres en la ciudad en los que Don Bosco los colocaba al cuidado de algún patrón que los iniciaba en el oficio. Pero las constantes dificultades económicas de la casa y las necesidades de los propios muchachos hicieron pensar creativamente a Don Bosco que la “producción propia” ayudaría a aliviar la maltrecha economía del Oratorio al tiempo que suministraba ropa y materiales para los propios chicos. Si a esto le añadimos una segunda preocupación de Don Bosco, esto es, la de sacar a los jóvenes del ambiente malsano de los talleres de la ciudad, la ocasión parecía una buena oportunidad para orientar en una nueva dirección el proyecto de Valdocco.
Así, la estructura de los talleres reproducirá la de los talleres de la ciudad: el patrón, los trabajadores y los aprendices trabajan juntos.
Todavía estamos lejos, pues, de una auténtica escuela profesional. Se trata también de producir. Don Bosco habrá de ingeniárselas de nuevo para dar a conocer sus talleres y, como no podíamos esperar menos, a sus distinguidos clientes les hará un precio especial… cobrándoles más y tratándoles como a benefactores que contribuyen a la noble causa del Oratorio de San Francisco de Sales. He aquí un testimonio de una nota de prensa publicada en el periódico Armonía que, si bien no está firmada por Don Bosco, es fácil imaginar quien es su inspirador:
“Apertura de un taller para los pobres. Con la finalidad de dar trabajo a algunos pobres muchachos acogidos en el oratorio masculino de San Francisco de Sales en Valdocco, bajo la dirección del benemérito sacerdote don Giovanni Bosco, se ha abierto un taller de encuadernación.
Las personas que les suministren libros u otros objetos a confeccionar, además de módicos precios, contribuirán al sostenimiento de una obra de beneficencia pública. Nosotros recomendamos calurosamente este proyecto, sabiendo que dieciocho niños que han quedado huérfanos por la reciente epidemia de cólera han sido acogidos allí y que muchos otros lo serán también dentro de poco”.
Don Bosco mira adelante y con su habitual modo de hacer trata de asegurar el funcionamiento de su obra al mismo tiempo que la da a conocer suscitando simpatías y adhesiones.
Pero su preocupación está centrada sobre todo en sus muchachos. Seguirá muy de cerca los talleres y los cuidará con mimo eligiendo con atención a los maestros de taller y redactando enseguida un reglamento que expresa muy bien sus expectativas ante la nueva obra: la profesionalidad, la honestidad, la responsabilidad, el respeto, la dimensión religiosa y las prácticas de piedad estaban presentes en la vida cotidiana de los muchachos.
Para Don Bosco, lo sabemos bien, no se trata solo de enseñar un oficio, sino de educar a aquellos jóvenes haciendo de ellos buenos cristianos y honrados ciudadanos. En la nueva etapa de la apertura de los talleres, toda su creatividad y su celo pastoral fueron puestos al servicio de su proyecto educativo- pastoral.

Vuestro amigo,

José Miguel Núñez.

sábado, 26 de septiembre de 2009

PAN, TRABAJO Y PARAÍSO

Mis queridos amigos:Cuántas veces le preguntaría Don Bosco a sus muchachos: “¿Te quieres quedar con Don Bosco?”. La mirada asombrada e ilusionada de muchos de ellos expresaba de forma elocuente el deseo de un “si” largamente acariciado y esperado. Y para todos la promesa: “te prometo pan, trabajo y paraíso”. Sonó tan creíble la propuesta que muchos no dudaron y el corazón joven y apasionado de Juan Cagliero exclamó: “Fraile o no fraile… ¡me quedo con Don Bosco!”.Así fue siempre. Don Bosco les ofrecía el pan de cada día que no habría de faltar nunca en la mesa del pobre. Y aunque no hubiera más que un pedazo, lo partiría a medias con ellos. Sus chavales sabían que era cierto.Pero les aseguraba también el pan de la Eucaristía, el pan tierno del encuentro con Jesucristo, el Señor de la vida; y con Él, les ofrecía el trigo limpio de la educación, la blanca harina del cariño y la amistad, la levadura de un futuro nuevo que sería amasado – les decía - con esfuerzo y compromiso.Incansable y tenaz, Don Bosco repetía a sus muchachos: “trabajo, trabajo, trabajo...”. Era su santo y seña; era su manera de ser pobre, de vivir la austeridad, de comprender la solidaridad con los más necesitados. En su casa, los jóvenes y sus primeros salesianos aprendieron el valor del sacrificio y del empeño en las tareas cotidianas. En nuestra familia hemos comprendido que nuestro tiempo es para los jóvenes, que no nos pertenece, que somos hijos de un trabajador infatigable ¡Una auténtica experiencia de espiritualidad!Pero les prometió también a sus muchachos el Paraíso: “¿A dónde va, Don Bosco?”, le preguntaban algunos cuando se cruzaban a toda prisa con él por los pasillos, los patios, las calles de Turín… “¡Al paraíso!”, les respondía.La mirada en el horizonte, más allá de la acostumbrada rutina o del mortecino vivir. Creativo y emprendedor, caminaba con los pies en el suelo pero con la convicción - aún en medio de grandísimas dificultades - de que “un trozo de paraíso lo arregla todo”.Así vivió y así murió el santo de los jóvenes: avivando sueños que parecían imposibles y alentando esperanzas perdidas; adelantando el cielo para sus muchachos cuando el suelo era, tantas veces, un pequeño infierno porque en el margen no hay oportunidades a las que agarrarse si alguien no te tiende su mano.Gastado hasta la extenuación, se despidió de ellos con un inmenso abrazo de padre y estableciendo un pacto con la eternidad: “Di a mis queridos jóvenes que los espero a todos en el paraíso”.Sus muchachos, en el Oratorio de Valdocco, comprendieron que Don Bosco era amigo de Dios. Domingo Savio, y como él tantos otros, vivieron una experiencia tan intensa junto a él que expresaron con su vida santa que el cielo no puede esperar “¡Qué cosas más hermosas veo!”. Y desde aquel momento en la casa de Don Bosco se hizo consistir la santidad en estar muy alegres.Hoy resuena para ti la misma pregunta que escucharon muchos chicos en Valdocco: ¿Quieres quedarte con Don Bosco? Piénsalo en primera persona. En la familia salesiana te ofrecemos pan, trabajo y paraíso. Como a Cagliero, no te importe qué dirán de ti o cómo te las vas a arreglar. Sencillamente, quédate con Don Bosco.

Vuestro amigo,
José Miguel Núñez

domingo, 20 de septiembre de 2009

EL EVANGELIO DE LOS JOVENES

Mis queridos amigos:

La antigua liturgia de la fiesta de Don Bosco se expresaba así al referirse al Padre y Maestro de la juventud:
“Dios le dio a Don Bosco un corazón tan grande como las arenas de las playas de los mares”. Pocas frases logran expresar con tanta nitidez y tanta contundencia el don de Dios a la Iglesia, a la Familia Salesiana y a los jóvenes: ¡Un corazón tan grande como las arenas de las playas! Corazón de Padre, corazón generoso y entregado, corazón libre y apasionado, corazón magnánimo y misericordioso, corazón de Buen Pastor.
Don Bosco es, sin duda, una buena noticia de parte de Dios para los jóvenes. Cuando sólo tenía nueve años la Providencia le marcó la senda por donde caminar: “No con golpes, con amor”. Y su mirada se hizo bondad; su corazón latió con la fuerza de la caridad; sus manos abiertas fueron solidaridad creativa para transformar la pobreza en un futuro de esperanza. En el principio fue, claro, la madre.
Margarita: una mujer entera y cabal, tierna y fuerte, madre y padre a la vez. Supo contagiar a sus hijos del sentido de Dios que inunda la vida y genera confianza; les enseñó el sentido del trabajo y la solidaridad con los más necesitados. Fue la mejor escuela de santidad de la que aprendió Don Bosco. Margarita Occhiena fue, sin duda, el pecho en el que se acunó la propia Congregación Salesiana.
Y la Maestra..., siempre la Maestra que le ayudó a ser fuerte y humilde. Siempre la Madre de la Consolación que lo sostuvo con su auxilio en cada tramo del camino. Siempre la Madre buena que cubrió con su manto a los pequeños de su hijo predilecto, aquel que la soñó como columna fuerte y compañera de camino en el emparrado de rosas. Si, Juan Bosco fue presencia entrañable de Dios que paseaba por los arrabales de Turín, por las cárceles, por el despoblado de la historia donde vagaban aquellos que no han sido invitados al banquete. Se hizo para ellos: presencia encarnada, palabra de Dios, esperanza inquebrantable. “¡Dios te quiere! ¿No lo notas?” Y abrió para ellos el mar hacia una nueva tierra mil veces prometida y siempre preñada de futuro.
Don Bosco se hizo pan partido para sus queridos jóvenes: “aunque no tuviera más que un pedazo de pan... lo partiría a medias contigo”. Y sus jóvenes sabían que era cierto. Don Bosco se hizo vino de fiesta para todos: ¡estad alegres! ¡Os lo repito: estad alegres! Y Domingo, Miguel, Juan, Francisco y tantos otros aprendieron que en la casa de Don Bosco “hacemos consistir la santidad en estar siempre alegres”.
No hay mayor amor que dar la vida... ¡Qué bien lo entendió Don Bosco! Hasta su último suspiro fue para sus muchachos. Murió cansado, con las piernas hinchadas, casi ciego… como una sotana vieja... Ya se lo profetizó su amigo, el teólogo Borel, cuando Juan volvió a Turín después de recuperarse en I Becchi de la enfermedad que casi lo lleva a la tumba: ¡Lleva usted una sotana demasiado ligera! -le dijo- se colgarán de ella muchos jóvenes! Así fue. Y aunque gastado, quedó siempre intacto el corazón.
Hubo un hombre enviado por Dios cuyo nombre era Juan Bosco: una buena noticia para los jóvenes. Auténtico evangelio que sigue resonando aquí y ahora para que , en nombre del único Señor, todos – especialmente los pobres y abandonados - tengan vida y la tengan en abundancia.
Vuestro amigo,

José Miguel Núñez

sábado, 27 de junio de 2009

LA DÉCADA PRODIGIOSA

Mis queridos amigos:

Me he “topado” estos días, casi sin querer, con algunos párrafos de la carta que Don Bosco escribió desde Roma a los salesianos y jóvenes del Oratorio en 1884.
En el sueño que describe y el mensaje que quiere transmitir, me han llamado la atención fuertemente, una vez más, las palabras de Don Bosco, anciano y cansado, casi al final de su vida:
“¿Sabéis lo que desea de vosotros este pobre anciano que ha consumido toda su vida por sus queridos jóvenes? Pues que vuelvan a florecer los días felices del antiguo oratorio”.
¡El antiguo Oratorio! Sabemos bien lo que Don Bosco quería decir con aquella expresión. Tenía en la mente y en el corazón la rica experiencia de los inicios:
“Los días del amor y la confianza (...) los días de los corazones abiertos, los días de la caridad y la verdadera alegría para todos”.
No he podido evitar que el pensamiento volase a los primeros momentos de nuestra historia, tal como el mismo Don Bosco los narra en las Memorias del Oratorio.
Fue, sin duda, una “década prodigiosa”. Los años entre 1846 y 1856 fueron extraordinarios en el Oratorio de Valdocco. Con el impulso irresistible de los inicios, como un viento impetuoso, la acción del Espíritu dio fuerza creadora a la experiencia de un hombre apasionado y lleno de Dios junto a un puñado de muchachos atrapados en la sonrisa cautivadora y bondadosa de aquel sacerdote santo.
Don Bosco fue el instrumento dócil y maleable que Dios suscitó para regalar a la Iglesia y a los jóvenes el carisma salesiano. Y a su lado crecieron sus muchachos respirando el mismo aire y soñando el mismo sueño.
Don Bosco, Mamá Margarita, Domingo Savio, Miguel Rua, Juan Cagliero... y tantos otros que avivaron la llama de la santidad desde la sencillez y la esencialidad de la vida cotidiana. Sin muchos alardes, con pocos medios, en una austeridad casi angustiosa, crece la espiritualidad salesiana como propuesta vigorosa que se adentra por las veredas del Evangelio, de él se alimenta y desde él ilumina la realidad para transformarla.
De aquel fuego, nuestro rescoldo. Unas brasas jamás consumidas que han abrigado el alma, tan al aire, de muchos jóvenes a lo largo del tiempo. Somos una familia de santos y herederos de un carisma que está llamado a dar calor y cobijo a todos los que están en descampado o simplemente experimentan el frío de la noche cuando el sol del cariño y del abrazo ha caído en el horizonte de la propia historia.
Don Bosco tenía miedo, casi al final de su vida, de que aquella experiencia del Espíritu pudiera desvirtuarse. Su sueño en Roma y la carta que nos escribió son un estímulo para que también hoy vuelvan entre nosotros “los días felices del antiguo oratorio”. El mensaje de Don Bosco está dirigido a sus salesianos, a sus educadores y a sus jóvenes. Son palabras para todos nosotros. Hemos de saber recrear una nueva “década prodigiosa”. El viento del Espíritu no deja de soplar. De las brasas de la espiritualidad salesiana, todavía encendidas, han de crecer – vigorosas– las llamas de la santidad sencilla y simpática que supieron vivir aquellos primeros jóvenes junto a Don Bosco. ¡Déjate quemar!

Vuestro amigo,

José Miguel Núñez

sábado, 9 de mayo de 2009

LA VIRGEN DE DON BOSCO

Mis queridos Amigos:

Comenzamos el mes de mayo y parece que todo se transforma en nuestras casas salesianas. Es un mes especial. Un tiempo que sabe a fiesta y alegría pascual, a flores y cantos a la Madre de Jesús, a fervor popular y cariño sin límites a la Virgen de Don Bosco.
Hablar de María Auxiliadora es siempre una alegría. Para mi es recordar tantos otros meses de mayo, tantas fiestas de María Auxiliadora, tantas plegarias a los pies de la Virgen como brotaron de mis labios cuando era tan solo un niño. Pero, sobre todo, es reconocer que Dios ha hecho cosas grandes en mi vida por pura misericordia y que María ha sido siempre intercesión y presencia materna en mi camino de fe.
Al escribir estas líneas, no he podido evitar que la memoria y el corazón volasen hacia los sentimientos más íntimos. De cómo nació en mí el amor a la Virgen de Don Bosco, de cómo aprendí el Rendidos a tus plantas o saludaba a la Madre cada mañana al ir clase. Recuerdo mi infancia, mi colegio salesiano, rostros, lugares, situaciones... años entrañables que quedaron atrás y de los que siempre queda la memoria agradecida y una pincelada fugaz de madura nostalgia.
En ella, algunos recuerdos particularmente gratos de los años de colegio en la casa salesiana; recuerdos que saben de alegría y de fiesta, de veladas inolvidables, de teatro y tardes de fútbol, de aulas y de patio, de amigos, de familia, de juegos y buenos momentos, de salesianos enteros, veraces y apasionados que supieron hacer crecer en mi corazón adolescente la fe en el encuentro con Jesús de Nazaret y el cariño a su madre, la esperanza de un futuro más pleno que está por llegar y el amor generoso que se acrisola en la entrega y en el compromiso cotidianos.
Años hermosos ¿sabéis? Me cautivó tanto Don Bosco que me quedé con él; heredero, también yo de su soñar profético. Y siempre, la Auxiliadora: madre y maestra, mediadora y horizonte de plenitud; siempre la sentí de casa, paseando en los patios y en mis juegos. Ha sido tantas veces fortaleza en mi debilidad y consuelo en mi tristeza; aliento en mi peregrinar en la fe, esperanza en los momentos inciertos... y siempre Auxiliadora.
Aprendí a llamarla e invocarla desde pequeño como Auxilio de los cristianos. Fue para mí, desde entonces, la Virgen de Don Bosco. Estoy seguro que también a mí, como él nos dijo, la Virgen me puso bajo su manto. Es como si en mi vida se cumpliese también la experiencia que Don Bosco nos transmitió: en nuestra familia, todo lo ha hecho ella. Y así ha sido. No puedo desvincular mi vocación salesiana de la mediación materna de María; no me comprendo a mí mismo sin la cercanía entrañable de la Madre de Jesús en tantos momentos de la vida; no concibo mi maduración espiritual sin la devoción recia y filial a Santa María.
También en mí la confianza se hizo milagro cotidiano por su mediación materna y en tantas ocasiones mi agua se convirtió en vino por la palabra del Señor. Y comprendí sus palabras: Haced lo que él os diga.
Eso traté de hacer cuando el mismo Jesús me pidió ir tras Él. Y entonces descubrí que María me precedía en el seguimiento de su Hijo intercediendo siempre, consolando siempre, alentando la esperanza siempre. Y en los momentos más duros, las palabras de Jesús: “Ahí tienes a tu Madre”. También yo quisiera, como el discípulo amado, acogerla como lo más precioso que nos dejó su Hijo.

Vuestro amigo,

José Miguel Núñez.

UNA ESPIRITUALIDAD PASCUAL

Mis Queridos amigos:

¡Feliz Pascua de Resurrección!Dios ha resucitado, con brazo potente, a su Hijo y lo ha constituido Señor de la historia venciendo definitivamente a la muerte. Nuestras vidas, en el encuentro con el Resucitado han quedado transformadas y su Espíritu nos ha hecho testigos de la salvación de Dios. Hecha añicos la piedra del sepulcro, somos ungüento perfumado para sanar y vendarheridas, para alentar la esperanza y pasar por la vida haciendo el bien, como nuestro Maestro.
Retomamos el pulso a la vida cotidiana con el rostro radiante, como aquellos discípulos, porque hemos visto al Señor. Compartiendo con los jóvenes los diferentes encuentros de Pascua, una vez más, he experimentado la brisa fresca del Espíritu que cambia nuestras vidas y hace nuevas todas las cosas. Y ahora, de vuelta al “lago” de la vida cotidiana, hemos de contar a todos lo que hemos visto y oído: Jesucristo, muerto y resucitado, es la Vida plena y el horizonte de nuestra existencia. Nuestra espiritualidad salesiana es una espiritualidad pascual. Los que hemos tenido la suerte de orar y celebrar la fe en el templo a Don Bosco en I Becchi, sobre la casita natal de nuestro padre, nos hemos sentido subyugados por la imponente talla del Resucitado que preside el templo.
La misma capilla Pinardi, en Valdocco, tiene en el frontispicio la representación de la resurrección del Señor en una invitación constante a compartir la vida a manos llenas como tantas veces, en aquel mismo lugar, hiciera Don Bosco. No podemos olvidar tampoco que, como si fuese expresión de la vida nueva que nos ofrece el Resucitado, el inicio del Oratorio en Valdocco tiene lugar un domingo de Pascua de 1846. Así lo narra el propio Don Bosco en las “Memorias del Oratorio”: “No busqué más. Corrí enseguida con los jóvenes; los reuní a mi alrededor y me puse a gritar con voz potente: ‘Ánimo, hijos míos, ya tenemos un Oratorio más estable que en el pasado; tendremos iglesia, sacristía, locales para clases y terreno de juego. El domingo, el domingo iremos al nuevo Oratorio que se encuentra allá en casa Pinardi (...) Al domingo siguiente, solemnidad de Pascua, 12 de abril, trasladamos todos los enseres de la iglesia y los juegos, para tomar posesión del nuevo local”.
Pascua de Resurrección: comienzo de una nueva andadura. También para nosotros. Como Don Bosco, corremos hacia los jóvenes para alentar la esperanza en un futuro mejor para todos; el futuro de Dios que hoy adelantan nuestras manos comprometidas y nuestro corazón apasionado.
Con ellos queremos caminar para que muchos encuentren al Señor de la Vida. Como en Emaús, arderá nuestro corazón en la fracción del pan y en la escucha de la palabra. Será la fuerza que nos hará volver a Jerusalén para anunciar a todos que Cristo, nuestra esperanza, ha resucitado. Una espiritualidad pascual: la de la confianza y el testimonio, la del optimismo y el encuentro fraterno, la del compromiso por la vida y la entrega sin reservas. Como el Maestro.
¡Feliz Pascua de Resurrección!


Vuestro amigo,

José Miguel Núñez.

sábado, 7 de marzo de 2009

SALIR DE LA MEDIOCRIDAD

Mis queridos amigos:

Acababa de estrenarse el verano. Aquel 24 de junio de 1855, Don Bosco tuvo la convicción de que aquel adolescente tenía algo especial. Los meses compartidos en Valdocco le habían ido confirmando sus primeras impresiones: Domingo era excepcional, no se conformaba con la mediocridad, no andaba con medias tintas, tenía una mirada larga y anhelaba horizontes más anchos para su vida.
Así lo narra Don Bosco a propósito de un episodio sucedido con motivo de la fiesta de San Juan, su onomástico. La tarde anterior, en las buenas noches, dijo sonriendo a sus muchachos:
“Mañana queréis hacer fiesta conmigo y os lo agradezco. Por mi parte, quiero haceros el regalo que más deseéis.
Así que, cada uno cogerá un pedazo de papel y escribirá en él el regalo que desea. No soy rico, ero si no me pedís el Palacio real, haré todo lo que pueda para contentaros”.
Es fácil imaginar las peticiones más estrambóticas escritas en aquellos papeles entregados a Don Bosco ¡Hubo quien pidió hasta cien kilos de turrón para tener todo el año! Pero fue sorprendente la petición de Domingo. Sobre su papel, con una mirada de asombro, Don Bosco leyó:
“Ayúdeme a hacerme santo”.
Don Bosco tomó en serio la petición de Domingo. Lo llamó y le dijo: “Cuando tu madre hace una tarta, usa una receta que indica varios ingredientes para mezclar: el azúcar, la harina, los huevos, la levadura... también para ser santos se necesita una receta, y yo te la quiero regalar. Está formada por tres ingredientes que hay que mezclar juntos.
Primero alegría. Lo que te inquieta y te quita la paz no le gusta al Señor. Déjalo a un lado.
Segundo: tus responsabilidades de estudio y de oración. Atención en clase, esfuerzo en el estudio, orar con gusto cuando seas invitado a hacerlo.
Tercero: hacer el bien a los demás. Ayuda a tus compañeros cuando te necesiten, aunque te cueste un poco de molestia o de cansancio. La receta de la santidad está toda aquí”.
Domingo, desde aquel día, lo intentó de veras. Salir de la mediocridad. He aquí la propuesta. Releer estas páginas de la vida de Domingo Savio y saber traducirlas a nuestra vida es asumir el compromiso de no quedarnos en medianías, no vivir ramplonamente la rutina de cada día dejándonos llevar por lo que va saliendo sin terminar de asumir un proyecto de vida creativo y entusiasta. Hablar hoy de santidad entre los jóvenes –y entre los adultos– puede resultar una extraña paradoja.
Sin embargo, es posible vivir de forma más auténtica y liberadora nuestro día a día. Ser “santo”, no es más que tratar de vivir con profundidad nuestro compromiso con el Evangelio y hacer que éste ilumine cada rincón de nuestra vida transformándola. Domingo apunta alto. No se conforma con una existencia a medio gas ni con un cristianismo lánguido. La propuesta de Don Bosco marca pautas certeras que él asumirá en un proyecto de vida expresado en la autenticidad, la coherencia y el testimonio. Es una propuesta para todos. El próximo 9 de marzo celebraremos el 152 aniversario de la muerte de Domingo Savio. Su recuerdo nos estimula y compromete a toda la familia salesiana en el camino de la santidad.
Vuestro amigo,
José Miguel Núñez.

sábado, 21 de febrero de 2009

ENTRE LOS MAS ABANDONADOS Y EN PELIGRO

Mis queridos amigos:

Escribe Don Bosco en las Memorias del Oratorio, refiriéndose a los orígenes de Valdocco y el inicio de los talleres en el Oratorio:
“Apenas se pudo disponer de otras habitaciones, aumentó el número de aprendices artesanos, que llegó a ser de quince; todos escogidos de entre los más abandonados y en peligro” (en el original añade: 1847).


Don Bosco escogió, lo expresa él mismo con claridad, a los jóvenes más abandonados y en peligro para el inicio de su oratorio. En nuestra familia, la preocupación por los últimos, por los más pobres, por los más abandonados ha sido siempre una constante y es una herencia comprometedora que hemos recibido de nuestro padre.

La preocupación social, el compromiso transformador, el sentido de la justicia y la sensibilidad hacia los últimos han sido siempre características de su acción pastoral y han vertebrado su misión.


Como muestra, un botón. En el archivo central de la Congregación Salesiana en Roma se conservan unos documentos inéditos y sorprendentes: un contrato de aprendizaje fechado en 1851; un segundo contrato, también de aprendizaje y éste en papel timbrado, fechado un año más tarde, 8 de febrero de 1852; algunos más fechados en 1855 ya bien estructurados y estandarizados con cláusulas bien concretas. Todos ellos están firmados por el patrón, el aprendiz y Don Bosco.


Curioso ¿no? Tanto más cuanto en la época no era habitual preservar los derechos de los trabajadores más jóvenes y éstos se veían sometidos a vejaciones y eran explotados sin contemplaciones por los patronos, muchos de ellos sin escrúpulos.


Don Bosco dio pasos decididos en la defensa de los más pobres y se comprometió firmemente en asegurar para sus muchachos condiciones de vida, dignas y justas. Su visita a las fábricas, a las obras, a los talleres para conocer de primera mano la situación de los jóvenes trabajadores no le dejó indiferente.


Impresionan estos “contratos de aprendices” redactados “a pie de obra” para exigir la garantía de los derechos fundamentales de los muchachos: salud física, descanso los días festivos, salario justo, atención médica… ¡Don Bosco fue auténticamente un pionero en la lucha social y la defensa de los más débiles!


Don Bosco miró a su alrededor y no dudó en tomar cartas en el asunto. Su contacto con los arrabales de Turín, con la miseria de sus calles, con la penuria de sus gentes, le hizo implicarse en la realidad y buscar soluciones creativas para afrontar el necesario cambio social.


A nosotros nos toca renovar esta actitud de encarnación en la realidad social y la búsqueda de soluciones a las viejas y siempre nuevas pobrezas juveniles. Nuestro padre supo conciliar la prudencia y la audacia pero no escatimó esfuerzos hasta la temeridad para ocuparse de los últimos.


Abandono, soledad, fracaso escolar, falta de expectativas, marginalidad, exclusión social… realidades que hoy están a nuestro alrededor y que requieren la mirada atenta del educador y el compromiso creativo y transformador de todos los que hemos recibido el “testigo” de Don Bosco.


Vuestro amigo,
José Miguel Núñez

domingo, 1 de febrero de 2009

ESTAR JUNTO A DON BOSCO

Mis queridos amigos:

Un saludo cordial al inicio del nuevo año y mis mejores deseos de bienaventuranzas para todos en este 2009. Comenzamos el mes de Don Bosco y es una estupenda oportunidad para acercarnos más a él y seguir descubriendo los tesoros de su persona, de su experiencia de Dios, de su proyecto liberador para los jóvenes, de su propuesta pedagógica siempre actual.
Ante el inicio de un año nuevo, Don Bosco solía aprovechar las buenas noches del 31 de diciembre para dar a sus chavales el “aguinaldo”, esto es, un recuerdo espiritual para el nuevo año. En 1859, comenzó de esta manera:
“Mis queridos hijos, vosotros sabéis cuánto os quiero y cómo me he consagrado por entero a haceros el mayor bien que me sea dado. Ese poquito de ciencia, ese poquito de experiencia que he adquirido, cuanto soy y cuanto poseo, oraciones, fatigas, salud, mi vida misma, todo deseo emplearlo en vuestro servicio. Todos los días y para cualquier cosa podéis contar conmigo. Por mi parte, y como aguinaldo, me doy a vosotros por entero; será cosa pequeña, pero cuando os lo doy, quiero decir que nada me reservo para mí”.
Sin duda, Don Bosco en estado puro. Palabras pronunciadas desde el corazón, llenas de familiaridad y afecto, cargadas de fuerza porque sostenidas con la experiencia que los propios muchachos tenían cada día de cercanía y cariño de parte del padre de la casa que no escatimaba esfuerzos para abrirles senderos de esperanza en medio de dificultades y sinsabores.
Todos sabían que Don Bosco no decía aquellas palabras para la ocasión. ¡Habían vivido tantas veces este “darse por entero” de aquel pequeño sacerdote de corazón grande! Por eso aquellas “buenas noches” debieron abrigar el alma, tan al aire, de muchos de aquellos jóvenes esarrapados, desconcertados y sin demasiadas perspectivas. Había motivos para la confianza. Aquel cura se ocupaba de ellos como un padre bueno lo hace con sus hijos. Para los jóvenes del Oratorio, estar junto a Don Bosco era una alegría. Uno de sus muchachos, de los que oyó tantas veces “buenas noches” como éstas, escribió:
“Con frecuencia decíamos entre nosotros: ¡Qué gusto da estar cerca de Don Bosco! Quien puede hablarle un instante, enseguida se siente lleno de confianza” (Juan Bautista Francesia). ¿Os dais cuenta? ¡Estar cerca de Don Bosco! De eso se trata también para nosotros. Acercarnos a Don Bosco, escucharlo, conocerlo, hacerlo nuestro. Volvamos a entusiasmarnos, siempre y en toda ocasión, con Don Bosco. Vivámoslo, vibremos con él, démoslo a conocer y entusiasmemos a muchos a que quieran vivir como él. Es la experiencia de Miguel Rua: “He vivido al lado de Don Bosco por espacio de treinta y siete años… Me impresionaba más observar a Don Bosco y estar junto a él que leer y meditar cualquier libro de devoción”(Miguel Rua). Estar junto a Don Bosco. Éste es el mejor aguinaldo para este año. Nuestro padre nos recuerda, como en aquel lejano 1859: “¡Podéis contar conmigo!”. Él seguirá, desde el cielo, susurrándonos al oído la buena noticia del amor de Dios que como pan tierno y blanco sus hijos seguirán partiendo siempre entre los
jóvenes. Buen mes de Don Bosco.
Vuestro amigo, José Miguel Núñez
Enero 2009.

sábado, 20 de diciembre de 2008

“DE DON BOSCO, SÓLO LE FALTABA LA VOZ"

Mis queridos amigos:

En 1929, Don Juan Bautista Francesia, salesiano poeta, escritor y conocedor como nadie de los orígenes de la Congregación, escribió:
“A Don Rinaldi sólo le falta la voz de Don Bosco, todo el resto lo tiene”. ¿Quién era aquel que merecía tal elogio de uno de los muchachos que mejor conoció a Don Bosco y fue protagonista en primera línea de los comienzos de nuestra familia? Tenemos que remontarnos mucho tiempo atrás. En 1866, un pequeño estudiante de la casa salesiana de Mirabello se encontraba por primera vez con Don Bosco.
El santo sacerdote, de visita en la casa, tuvo la ocasión de encontrarse con los jóvenes y dirigirles una buena palabra. Aquel encuentro quedó profundamente marcado en el corazón y en la mente de Felipe, que así se llamaba nuestro protagonista:
“Recuerdo como si fuera ayer – escribió Felipe muchos años más tarde, casi al final de su vida -, la primera vez que me encontré con Don Bosco siendo tan solo un niño. Tenía poco más de diez años. El buen padre estaba en el comedor después del almuerzo, todavía sentado en la mesa. Con gran cariño se preocupó por mis cosas, me habló al oído y después de haberme preguntado si quería ser su amigo añadió, casi para solicitar una prueba de correspondencia, que al día siguiente fuese a confesarme con él”.
Felipe Rinaldi narraba este episodio en el tramonto de su vida, como quien lee lo acontecido hace mucho tiempo pero con la vivacidad de los acontecimientos que jamás se borran y permanecen siempre en la memoria. Aquel hablarle al oído cuando solo tenía diez años y el haberle abierto su corazón a Don Bosco fueron, escribe Don Rinaldi, como “las luces de la mañana que brillan con viva claridad ahora que la vida llega a su fin”. Fue el encuentro entre dos santos y uno, Don Bosco, había leído la vida del otro. El pequeño Felipe tenía algo especial. Aunque no se hizo la luz enseguida en su proyecto vital, Don Rinaldi se hizo salesiano y, más tarde, después de afrontar numerosas responsabilidades (director,inspector de España y de Portugal, Prefecto General), fue elegido Rector Mayor, sucesor de Don Bosco al frente de la Congregación Salesiana. Sencillo y cordial, dicen de él que ha sido el salesiano que mejor ha encarnado a Don Bosco. Viva imagen de nuestro padre, expresó como nadie su bondad. Como a Don Bosco, a Don Rinaldi, Dios le dio un corazón tan grande, tan grande, como las arenas de las playas de los mares. Fue su fiel reflejo y con creatividad supo ponerle rostro a la amorevolezza salesiana. El tercer sucesor de Don Bosco respiró el aire de aquellos primeros compases de la Congregación y bebió de las fuentes más puras del carisma salesiano.
Se entusiasmó con Don Bosco y descubrió en él la fuerza arrolladora de la santidad hasta el punto de recorrer el mismo camino de rosas y espinas por un emparrado hermoso y difícil que exigió de él una entrega sin límites.
Santo en una familia de santos, la Iglesia lo declaró Beato en 1990 y su fiesta es celebrada el cinco de diciembre. Demos gracias a Dios por habernos regalado salesianos de la talla de Don Felipe Rinaldi y sintámonos – también nosotros - herederos de una santidad ordinaria que hace extraordinarias las cosas sencillas de cada día vividas con los ojos y el corazón de Dios.

Vuestro amigo, José Miguel Núñez

domingo, 16 de noviembre de 2008

LEVANTAR LA MIRADA HACIA LO ALTO

NOVIEMBRE-2008

Mis queridos amigos:

Don Bosco escribió en 1847 un manual de oración para sus muchachos del Oratorio. Lo tituló “El joven instruido” y fue una referencia constante en la vida de Valdocco y de la futura Congregación Salesiana durante generaciones. No era tan sólo un manual, sino que además contenía una propuesta espiritual donde nuestro padre expresó su manera de entender la vida cristiana de los jóvenes.
En el prólogo, Don Bosco escribió: “Queridos jóvenes, os amo de todo corazón y me basta que seáis jóvenes para que os quiera mucho (…) Alzad los ojos, hijos míos y mirad hacia lo alto…”.
Se trata, ni más ni menos, que de una propuesta de santidad juvenil. Un camino de espiritualidad muy en conexión con la vida de los muchachos, muy de todos los días, muy cercano a la realidad cotidiana. Don Bosco no pedía grandes “prácticas de piedad” a los chicos del Oratorio, pero les enseñaba siempre a hacer de lo ordinario algo “extraordinario”: era una propuesta que invitaba a levantar la mirada para fijar los ojos en Dios.
Levantar la mirada hacia lo alto es caer en la cuenta de que la presencia de Dios impregna la vida de cada día dándole un sentido nuevo y diferente. Es alzar los ojos de la tierra, del metro cuadrado que a veces tanto nos agobia, de aquello que no nos deja vivir tranquilos y nos roba la paz del corazón, de lo que nos desasosiega o no nos deja ser verdaderamente libres. Es, sobre todo, experimentar la cercanía de Dios que nos quiere y nos señala siempre un horizonte más pleno que alcanzar.
Para Don Bosco, la espiritualidad es la experiencia cotidiana y sencilla de la cercanía de Dios, de su bondad misericordiosa, de su preocupación por nosotros. ¿No fue eso lo que le enseñó Mamá Margarita en I Becchi? Cuando se sentaban a la puerta de la casa en las noches de verano, siendo Juan tan solo un niño, lo invitaba a mirar a lo alto, a fijar la mirada en el cielo para ayudarle a comprender que Dios es un padre bueno que en su infinita bondad encendía las estrellas cada noche para nosotros.
Aquel humilde campesino creció convencido de que “un pedazo de paraíso lo arregla todo”. Siempre había una estrella que contemplar, un cielo que admirar, un agradecimiento que musitar en el silencio de la noche porque Dios se preocupaba siempre por sus muchachos y nunca los abandonaba. Estaba seguro de que, por muy fuerte que soplaran los vientos, la confianza inquebrantable en Dios iluminaba siempre, de forma nueva, la realidad.
Fue precisamente este “amor providente” de Dios que tantas veces experimentó en su vida, el que Don Bosco quiso transmitir a sus muchachos. En “El joven instruido”, en su espiritualidad, la primacía la tiene siempre Dios y su amor de Padre.
Apuntemos siempre a lo importante. En nuestra propia experiencia creyente, en nuestra propuesta de crecimiento en la fe para nuestros jóvenes, no perdamos nunca de vista dónde está lo esencial: la espiritualidad juvenil salesiana es un camino sencillo hacia la santidad en el que aprendemos, desde la vida diaria, a mirar siempre hacia lo alto, a levantar los ojos hacia Dios. Y iempre habrá un cielo por el que agradecer, cada noche, tanta providencia.

Vuestro amigo,

José Miguel Núñez

LA DIGNIDAD DE SER HOMBRE

Octubre de 2.008.
Mis queridos amigos:

Entre 1860 y 1861, el Oratorio de Don Bosco en Valdocco había sido objeto de alguna inspección desagradable.
Para salir al encuentro de las dificultades, Don Bosco escribe los “Apuntes históricos del Oratorio de San Francisco de Sales” (1862), pensando utilizar estas reflexiones como instrumento para una correcta información sobre su obra. En estas pocas páginas, expresa con mucha claridad cómo piensa Valdocco y la realidad que se vive en la casa después de muchos años de experiencia con los jóvenes más abandonados y en peligro de Turín y del Piamonte. Escribe:
“La idea de los Oratorios nace de la visita a las cárceles de esta ciudad. En estos lugares de miseria espiritual y temporal se encontraban muchos jóvenes, de ingenio despierto, de corazón bueno (…) estaban allí encerrados, envenenados, hechos el oprobio de la sociedad (…) En el Oratorio, poco a poco se les hacía experimentar la dignidad de ser hombres; que la persona es razonable y debe procurarse el pan de la vida con honestas fatigas y no con el robo”.
Don Bosco nos expresa con mucha sencillez cuál es el origen de su obra y las intuiciones que la sostienen.
Es la mirada inicial y penetrante del educador-pastor que descubre la realidad de los jóvenes y no se pierde en lamentos ni contemplaciones. Con brazos arremangados, Juan comienza su trabajo con los pies en la tierra y respondiendo a las dificultades de los muchachos que en aquel Turín de la revolución industrial eran carne de cañón de la nueva sociedad emergente. Como en todo tiempo, el corazón de los que respiramos en salesiano, debe cultivar una especial sensibilidad por los jóvenes más excluidos.
No podemos olvidar nunca que la obra salesiana nace de una mirada aguda y penetrante sobre la realidad juvenil. El Oratorio surge de un latido compasivo (en el sentido más literal del término)hacia aquellos a los que la vida, la historia y la sociedad les han arrancado la dignidad de ser hombres.
Las palabras de Don Bosco, “se les hacía experimentar la dignidad de ser hombre”, indican bien a las claras una de sus maneras de entender su propuesta educativa. Es tarea y compromiso del educador salesiano hacer sentir a los jóvenes la profunda dignidad del ser humano.
Ser persona es coger las riendas de la vida y ser dueño del propio futuro; experimentar la libertad que nos hace más humanos y abre espacios interiores de fidelidad a uno mismo y de lealtad para con los demás. Detrás de la expresión la dignidad de ser hombre, se encierra lo más noble del compromiso educativo de Don Bosco. Pan material y vestido; estudios y formación, capacitación profesional e inserción laboral… pero sobre todo educar para que los jóvenes descubran horizontes para la propia vida que dé sentido a lo que son y les ayude a ser más persona. Educar en salesiano también es el afecto y el calor de la amistad, la sonrisa franca y abierta de la acogida, la incondicionalidad de querer a las personas así como son, ofrecer a Jesucristo, camino verdad y vida… posibilitar, en definitiva, que los jóvenes crezcan y maduren liberados de cualquier cárcel (abandono, miseria, oscuridad, sin sentido…) y sean protagonistas de su propia vida.
Don Bosco, una vez más, nos recuerda que nuestro primer Oratorio, fue una visita a la cárcel y el empeño por liberar a los jóvenes de injustas prisiones. Ojalá no lo olvidemos.

Vuestro amigo,

José Miguel Núñez.

viernes, 26 de septiembre de 2008

LAS PREOCUPACIONES DE DON BOSCO

23-septiembre-2.008
Mis queridos amigos:
Los últimos meses de 1853 fueron muy difíciles en el Oratorio de Valdocco. La casa se iba consolidando, los muchachos eran cada vez más, la necesidades cada día más urgentes… y Don Bosco con una deuda a la que no sabía cómo hacer frente.Una vez más recurre a sus benefactores pidiendo a unos y otros una ayuda económica para hacer frente a una situación que llevaba camino de hacerse desesperada. Como le escribe al Señor Conti (un señor influyente en la ciudad) en noviembre, Don Bosco está de deudas “hasta el cuello”.Su carta de enero de 1854 al Conde Solaro della Margherita no deja lugar a dudas de lo angustioso de la situación y refleja a las mil maravillas el genio de Don Bosco antes las dificultades:“El encarecimiento de todos los alimentos, el número creciente de jóvenes abandonados, la disminución de muchos donativos que me hacían algunos particulares y que ya no me llegan… Todo esto me tiene sumido en tal necesidad que ya no sé cómo salir de ella. Sin contar muchos otros gastos, la factura del panadero para este trimestre es elevadísima y no sé de dónde sacar el dinero. Hay que comer. Y si yo niego un pedazo de pan a estos jóvenes en peligro y ‘peligrosos’ (está subrayado aposta en la carta), los expongo a grandes riesgos para su alma y para su cuerpo…”Son, realmente, las preocupaciones de Don Bosco por mantener y llevar adelante su obra en momentos de gran necesidad. Su espíritu emprendedor le hará desenvolverse con creatividad para hacer frente a estas situaciones que arriesgaban de hacerse crónicas por la progresiva e imparable complejidad del Oratorio.Sabemos que a finales del mes de enero, Don Bosco organizará una nueva lotería para paliar la falta de recursos. En la circular de presentación de la misma, el buen sacerdote escribe:“Las graves necesidades en las que me encuentro en este año debido a los múltiples gastos en los tres oratorios erigidos en esta ciudad para la juventud en peligro me obligan a recurrir a la beneficencia pública…”El corazón de pastor de Don Bosco se las ingeniaba para buscar recursos. En el centro de sus desvelos estaban sus muchachos abandonados y en peligro a los que cada día había que dar de comer, alojar y vestir.Pero en medio de tantas dificultades y estrecheces, Don Bosco sigue adelante ampliando su proyecto. Un par de años antes, había sido inaugurada la nueva iglesia de San Francisco de Sales; ese mismo año de 1854 estará listo el nuevo edificio que prolongaba la casa Pinardi en ángulo recto y en paralelo con la iglesia; al final del año, Don Bosco abrirá nuevas clases y nuevos talleres en el oratorio; en febrero de 1855, tan solo un año más tarde, Don Bosco anunciaba al obispo Gastaldi la compra de un terreno delante de la Iglesia de San Francisco de Sales (1258 m2) para nuevas clases y talleres… ¡Increíble!¡Don Bosco era furbo (listo)! Pero su furbizzia no era más que la expresión de una caridad pastoral emprendedora y creativa que no se paraba nunca, cuando del bien de sus muchachos se trataba. Eran las preocupaciones de un pobre cura que quiere lo mejor para sus hijos, pero era también el genio de un pastor que se sabía conducido por una estrella que siempre indicaba el camino.Buena semana.
Vuestro amigo, José Miguel Núñez

sábado, 14 de junio de 2008

UN SECRETO DE LA PROVIDENCIA

01-Junio-2008.
Mis queridos amigos:
Cuando se trataba del bien de sus muchachos, Don Bosco estaba dispuesto a ir adelante hasta la temeridad confiando sólo en la Providencia.Cuenta Don Francesia, uno de sus jóvenes y de sus primeros colaboradores, que en 1860 Don Bosco decidió comprar la casa aneja al Oratorio, la llamada casa Filippi. Los chicos eran cada vez más numerosos y los espacios se hacían insuficientes para albergarlos a todos. La nueva ampliación permitiría a Don Bosco acoger un buen número de muchachos que se añadirían a los que ya frecuentaban Valdocco.Su espíritu emprendedor no conocía límites. Pero más asombrosa aún era su capacidad de arriesgar y de confiar en que Dios no lo abandonaría por muy grandes que fueran las nuevas empresas acometidas. Desde la sencillez, pero con certeza, Don Bosco sabía que la Providencia vendría al encuentro de las necesidades cuando de por medio estaba el bien de sus jóvenes.Se trataba de comprar la casa Filippi, pero… ¿de dónde sacar el dinero para pagarla? Nadie su hubiera arriesgado sin tener una lira en el monedero. Pero para Don Bosco era tan sólo, un “secreto de la Providencia”. Sin una chica en el bolsillo, firmó el contrato. Una tarde estaba Don Bosco en uno de los dormitorios con los muchachos para bendecirlos con una pequeña cruz cuando llegó a visitarlo un señor que conocía bien la casa y que, ni corto ni perezoso, se adentró hasta el mismo lugar donde se encontraba el santo sacerdote. Como no había ni siquiera una silla donde sentarse, Don Bosco le ofreció un baúl como asiento y en él se “acomodaron” unos instantes para conversar.- He sabido que ha comprado usted la casa de al lado… ¡Estupendo! Era necesario porque esto ya se quedaba pequeño. Pero, dígame, ¿cómo piensa pagarla? Preguntó el invitado.- Hasta ahora, amigo mío, esto es un secreto de la Divina Providencia. Necesito 80.000 liras, contestó Don Bosco.- Bueno, pues el secreto se desvela a la mitad en este mismo instante. Cuente con 40.000 liras. Mañana puede pasar por mi casa a recoger el dinero, concluyó el visitante.Así “negoció” la Providencia en aquella ocasión, sobre un baúl en un sencillo dormitorio de internado. Aquella persona no era ni más ni menos que el Comendador Cotta, un insigne benefactor de Don Bosco que durante mucho tiempo fue expresión de la providencia para el Oratorio y los chicos.Una vez más, lo extraordinario en lo ordinario; el misterio en la cotidianidad; la acción providente de Dios y la confianza; la temeridad y la caridad pastoral de quien se sabe en las manos amorosas del Padre. Y un Padre nunca se deja ganar en generosidad.Así, entre lo sencillo y lo sublime se fue escribiendo la historia de Valdocco. Historia de “negocios” con la Providencia y de complicidades que nos desvelan la iniciativa salvífica de Dios y la pasión apostólica del corazón de Don Bosco. Para él, la “caridad pastoral” no entendía ni de cálculos, ni de presupuestos ni de temeridades cuando se trataba de ir adelante por el bien de sus muchachos. Era tan sólo…, eso, un secreto. ¡Fantástico!Buena semana.Vuestro amigo,
José Miguel Núñez, sdb

GRACIAS SEAN DADAS A DIOS, DADOR DE BIEN

29-Abril-2008.
Mis queridos amigos:
El Señor ha estado grande con nosotros y estamos muy alegres. Más de 3200 personas nos congregábamos en la Catedral de Sevilla el día 27 de abril, en torno a nuestro pastor Don Carlos Amigo, para celebrar la primera Asamblea Inspectorial de María Auxiliadora en esta nueva etapa en la que las Asociaciones de Andalucía, Canarias y Extremadura han unido esfuerzos, voluntades y caminos. Ha sido un acontecimiento relevante y extraordinario que quedará grabado en la historia de nuestra familia con un día grande en el que hemos podido expresar con valentía y audacia una devoción recia y filial a la Madre de Jesús.Gracias sean dadas a Dios, dador de todo bien porque continúa haciendo maravillas en medio de su pueblo. Porque nos ha regalado a María, Madre de la Iglesia y auxilio de los cristianos como un precioso tesoro.Gracias sean dadas a Dios porque su mano providente y la acción materna de María han estado palpablemente presentes en la historia de nuestra familia desde que a un pequeño campesino, pobre e ignorante, le fue dada una Maestra.Gracias sean dadas a Dios porque no ha cesado de conducir nuestro camino y no nos ha faltado nunca el cariño materno y tierno de la Madre: aquella que se paseaba por los prados de I Becchi, por los patios de Valdocco y que ha continuado haciéndolo en todas las casas salesianas del mundo acogiendo bajo su manto a los niños y jóvenes que en ellas se abren a la vida y crecen como personas, como ciudadanos libres y como cristianos responsables y comprometidos.En la casa de Don Bosco aprendimos a llamarla “Auxiliadora” y su presencia es siempre consuelo cuando rendidos a sus plantes ponemos ante su mirada de madre nuestros anhelos y dificultades, nuestras dolores y esperanzas. Ella siempre susurró a Don Bosco que “un pedazo de cielo lo arregla todo” y así lo hemos experimentado tantas veces.Gracias sean dadas al Padre por la madre de su Hijo, porque ha sido ternura para todos los jóvenes que no han experimentado nunca el cariño de una madre y continua siendo caricia para todos los que, en el margen de la historia, están excluidos del banquete.Ella continúa intercediendo por nosotros, por la Iglesia, por la Familia Salesiana, por los jóvenes… para que Dios siga multiplicando unos pocos panes y unas cuantas castañas y pueda seguir habiendo fiesta para todos, y justicia, y futuro. María Auxiliadora nos precede en este tiempo como estrella de la mañana invitándonos a ser “centinelas del amanecer” en la nueva evangelización.Gracias sean dadas a Dios, dador de todo bien, porque ha estado grande con nosotros y estamos alegres. María Auxiliadora, la Virgen de Don Bosco, seguirá derramando siempre las bendiciones de Dios sobre nosotros, sobre la gente sencilla, sobre la gente del pueblo y sobre los jóvenes, especialmente los más pobres.Con un abrazo grande y mi cariño sincero para todas las Asociaciones de María Auxiliadora con ocasión de la I Magna Asamblea Inspectorial en la Santa Iglesia Catedral de Sevilla el 27 de abril de 2008, un sueño largamente acariciado y profecía de comunión hecha realidad.Buena semana.Vuestro amigo,
José Núñez sdb

ENCENDER EL CORAZON

13-Abril-2008.
Mis queridos amigos:
Hace tan solo unas horas que los salesianos hemos concluido nuestro Capítulo General 26. Ha sido un acontecimiento de gracia del Espíritu para toda la Congregación. Como el Rector Mayor nos ha dicho en su discurso de clausura, se trata ahora de encender el corazón de los salesianos para que, partiendo de Don Bosco, relancemos con fuerza el carisma salesiano para seguir anunciando con entusiasmo y autenticidad al Señor de la Vida entre los jóvenes más abandonados y excluidos. Se trata, pues, de volver a las aguas más limpias y auténticas de nuestra historia para tomar impulso renovador que nos lance decididamente hacia el futuro desde un presente lleno de retos y oportunidades. He recordado mucho estos días el inicio de nuestra Congregación. Nuestra familia nace en un contexto impregnado de una espiritualidad honda y sencilla a un tiempo, pero muy pegada a la realidad cotidiana y con la mirada siempre en lo alto. Don Bosco formó a un puñado de jóvenes que crecieron junto a él y que, en buena medida, no conocieron más familia que la del Oratorio. De la nada, nuestro padre formó la Sociedad Salesiana con los muchachos que él mismo forjó a su imagen y semejanza y que no respiraron otro aire que el espíritu generado en Valdocco con la explosión carismática suscitada a través de la santidad de Don Bosco. Un ambiente espiritual extraordinario que tiene la antesala en aquel grupo de jóvenes que con Domingo Savio y Miguel Rua el 8 de junio de 1856 dieron vida a la Compañía de la Inmaculada. Tres años más tarde, en diciembre del 1859, Ghivarello, Cerruti, Francesia que habían sido también compañeros de Domingo Savio, están entre los que adherirán a la propuesta de Don Bosco de fundación de la Congregación. ¡Es un hecho extraordinario! En el momento de la firma del acto de adhesión, Don Bosco tiene cuarenta y cuatro años; Cerruti tiene quince; Chiapale tiene dieciséis; Rovetto diecisiete… Entre los firmantes, si exceptuamos a Don Bosco y a Don Alasonatti (que ya era sacerdote diocesano), ¡la edad media no alcanzaba los veintiuno! Verdaderamente Dios estuvo grande. Aunque en la humildad de las habitaciones de Don Bosco, con un cura campesino y un grupo de muchachos sencillos como protagonistas, el evento tiene la portada de los grandes acontecimientos. El año próximo, diciembre de 2009, se cumple el 150 aniversario de la Fundación de la Congregación. Un momento más que estimulante para dar gracias a Dios por todo lo que el Espíritu Santo ha suscitado a través de esta familia en los cinco continentes en un siglo y medio de historia. Pero ocasión más que oportuna para releer con las claves del siglo XXI las grandes intuiciones que dieron origen a nuestra familia. Hemos de saber encontrar dinamismos que estimulen nuestra respuesta al Señor en fidelidad dinámica a cuanto Don Bosco nos legó. Como aquellos jóvenes de la primera hora, no podremos tener otra mirada que la de nuestro padre, no puede latir el corazón con otro latido que el de nuestro padre, no pueden ser nuestras manos diferentes, en la operatividad creativa e industriosa por el bien de los jóvenes, de las de nuestro padre. Encender el corazón. Es el viento del Espíritu que sopla con fuerza en este tiempo nuevo que nos toca vivir y aviva las brasas del alma. Buena semana. Vuestro amigo,
José Miguel Núñez, sdb

ERA EL DIA DE PASCUA

16-Marzo.2008.
Mis queridos amigos:
Hace tan solo unas semanas me encontraba en Valdocco y tuve la oportunidad de disponer de una mañana entera para estar tranquilo, reflexionar y rezar en la capilla Pinardi. No pude evitar sentir, como tantas otras veces cuando vuelves a casa después de un largo tiempo, una emoción sin límites al recordar nuestra historia, nuestros orígenes y, sobre todo, a nuestro padre. Todo comenzó en un cobertizo. Hoy, la capilla Pinardi recuerda con un estupendo fresco del Resucitado en el frontal de la pequeña iglesia que aquel domingo de abril, cuando Don Bosco y sus muchachos llegaron a aquel lugar, era Pascua. Él mismo lo recuerda en las Memorias del Oratorio: “Reuní a los chicos a mi alrededor y me puse a gritar con voz potente: ‘Ánimo, hijos míos, ya tenemos un Oratorio más estable que en el pasado; tendremos iglesia, sacristía, locales para clases y terreno para jugar. El domingo iremos al nuevo Oratorio que se encuentra allá en casa Pinardi’, y les señalaba el lugar (…) Al domingo siguiente, solemnidad de Pascua, 12 de abril, trasladamos todos los enseres de la iglesia y los juegos, para tomar posesión del nuevo local”. Don Bosco recordó bien aquella fecha. Era Pascua de Resurrección. Como si de un nuevo renacer se tratase, como si Cristo Resucitado, liberado de los lazos de la muerte, abriese de nuevo en dos el mar para que Don Bosco y sus muchachos, atravesando hacia la otra orilla, llegasen la tierra prometida: Valdocco era el cumplimiento del sueño, el lugar señalado por Dios para llevar adelante su obra liberadora a favor de los jóvenes más abandonados y en peligro. Y lo cierto es que la espiritualidad salesiana, nacida al hilo de la vida en aquellos años de acción significativa del Espíritu, es profundamente pascual. Es una espiritualidad de la vida nueva, de la alegría y de la fiesta, de la confianza en el Padre, de la oportunidad – siempre actual – de recomenzar para aquellos muchachos que han perdido expectativas en el margen de la historia. Es una espiritualidad muy pegada a la realidad pero profunda y con hondas raíces. Sencilla en sus formas pero con la frescura de quien bebe cada día en las fuentes más auténticas del encuentro con el Resucitado en la Eucaristía, en la Palabra, en la entrega a los que más lo necesitan. Así educó Don Bosco a sus muchachos. Así seguimos viviendo todos los que hemos respirado el aire del carisma salesiano. Lo recordaba hace unos días ante el imponente Cristo Resucitado que preside el templo a Don Bosco en I Becchi. Justo sobre el lugar donde Don Bosco nació, la imagen del Resucitado nos recuerda que Dios envió a un hombre, cuyo nombre era Juan, e hizo de él buena noticia liberadora para los jóvenes de todos los tiempos y de su historia, historia salvadora. Como una nueva creación, la obra salesiana es el cumplimiento de la promesa de Dios. Su Hijo nos ha invitado al banquete del Reino y ha hecho de nosotros personas nuevas. Hoy, los salesianos y los que compartimos corresponsablemente el espíritu y la misión de San Juan Bosco, como testigos del Resucitado estamos comprometidos a acompañar a los jóvenes hacia une tierra nueva que mana leche y miel. Cuando dentro de unos días celebremos la Pascua, no nos olvidemos que hay caminos nuevos por los que caminar, junto a los jóvenes, hacia la estatura de Jesucristo, el Señor de la Vida. Buena semana. Buena Pascua del Señor. Vuestro amigo,
José Miguel Núñez, sdb

DON BOSCO Y EL JEFE DE LA BANDA

09-Marzo-208.
Mis queridos amigos:
Hace unos días, viajando por el Piamonte hacia Roma, vi en la carretera la indicación que desviaba hasta el pueblo de Carmagnola. Quizás, de momento, no te diga nada este nombre, pero tras él se esconde uno de los episodios más estupendos que Don Bosco nos ha narrado: su encuentro con Miguel Magone. Él mismo lo cuenta en la biografía que escribió del muchacho años más tarde: “Una tarde de otoño regresaba hacia el Oratorio y tuve que esperar, más de una hora, en la estación de Carmagnola el tren hacia Turín. Eran las siete; el tiempo estaba nublado y lloviznaba (…) Solamente un grupo de muchachos con sus juegos y gritos atraían la atención, o mejor dicho, atronaban los oídos con sus voces. Entre aquellas voces sobresalía una voz que, dominando todas las demás, era como la de un jefe, obedecida por todos (…) aprovechando un momento en que los chicos se hallaban alrededor de él, en tres saltos me coloqué entre ellos. Todos huyeron como espantados; sólo él avanzó hasta mí y con las manos en la cintura y tono chulesco me dijo: ‘¿Quién eres tú para entrometerte en nuestros juegos?’. ‘Un amigo tuyo’, le contesté”. Aquel encuentro fortuito fue el inicio de una amistad. El muchacho se llamaba Miguel y era carne de cañón. Como él mismo reconoció, algunos de sus compañeros estaban ya en la cárcel y él, con sus trece años, expulsado varias veces de la escuela, no tenía muchas perspectivas por delante. Huérfano de padre y en la más severa pobreza, su destino no podía ser muy diferente al de muchos de sus compañeros de banda. Pero el encuentro con Don Bosco le cambió la vida. De ingenio despierto y con una extraordinaria capacidad de liderazgo, Miguel encontró en la mirada bondadosa y amable de aquel cura que interrumpió sus juegos una tabla de salvación y se agarró a ella como a un clavo ardiendo. La palabra de Don Bosco le inspiró confianza, su cercanía le cautivó, su propuesta le abrió las puertas a una realidad nueva que no quiso desaprovechar. Aquel día pasó por su vida, en la estación de Carmagnola, el mejor tren posible. Y a él se subió confiado. La niebla de aquella tarde de otoño oscura dejó paso a un cielo más límpido y a un sol radiante. Don Bosco lo llevó con él a Turín. Y en Valdocco, Miguel encontró su pequeño paraíso. Allí aprendió que había otra manera de vivir y decidió que merecía la pena apostar por un futuro diferente. El espíritu de familia y la cercanía de Don Bosco despertaron todas sus potencialidades y Miguel logró afrontar la vida con decisión, desde su propia realidad, confiando en las fuerzas interiores que Dios ha puesto en el corazón de cada uno de nosotros. El acompañamiento de Don Bosco y el ambiente positivo de la casa hicieron el resto. Valdocco vivía su edad de oro. Estaba cercano el recuerdo de Domingo Savio. Pero había muchos más muchachos, entre ellos Miguel, que merecieron de Don Bosco palabras de admiración por lo que fueron capaces de conseguir y de ofrecer a los demás con su entrega y su testimonio. Al pasar por Carmagnola hace unos días, recordé que “educar es cosa del corazón”, que siempre “hay en cada joven un punto de acceso al bien” y que “no basta amar, sino que se den cuenta de que se les ama”. El jefe de la banda, aquella tarde, lo intuyó enseguida y eso, os lo aseguro, le cambió la vida. Buena semana
José Miguel Núñez, sdb

DON BOSCO: "UN POCO DE PAN PARA TODOS"

29-Febrero-2008.
Mis queridos amigos:
Os escribo desde Valdocco, nuestra tierra santa salesiana. Los que habéis estado alguna vez por aquí lo sabéis bien, es como estar en casa. En cada rincón de este lugar se respira a Don Bosco. Parece presente, paseándose todavía por estos patios, saliendo de la capilla Pinardi, jugando junto a la fuente o asomado al balcón de su habitación pocos meses antes de morir. Este lugar tiene la fuerza de una gran obra y la ternura de las cosas del Espíritu, que nacen siempre en lo pequeño, en lo insignificante. Me llama la atención un rótulo a la entrada de la Iglesia de San Francisco de Sales, la Iglesia que construyó Don Bosco en 1851 y que sustituyó a la inicial en el cobertizo Pinardi. A pesar de que he visitado Valdocco en numerosas ocasiones, no me había detenido en él. El cartel dice así: “En la puerta de esta Iglesia de San Francisco de Sales, Don Bosco multiplicó el pan para sus muchachos una mañana de 1861”. Conocemos bien la anécdota recogida en las Memorias Biográficas. Los chicos están recogiendo el desayuno y parece que el pan no alcanzará para todos. Los clérigos que están junto a Don Bosco repartiendo el pan se dan cuenta y se ponen nerviosos porque no saben qué hacer. Pero asombrosamente el cesto no se termina y Don Bosco, sonriente, continúa repartiendo pan hasta el último de la fila. ¡Imaginaos la cara de los clérigos! Taumaturgia o no, histórico o no para los más recelosos de estos episodios, lo cierto es que Don Bosco multiplicó muchas veces el pan de sus muchachos: partió su propio pan con ellos, su propia vida, sus propios sueños. No dudó en amasar la harina blanca de la educación, la acogida, la cercanía. En tantas ocasiones se las ingenió para que a nadie le faltase el pan del cariño y la ternura. Se batió el cobre para que el dinero llegase siempre de sus benefactores y la casa pudiese seguir funcionando. Y siempre llegaba. ¡La Providencia! Decía con simplicidad Don Bosco. Se gastó como una sotana vieja para que todos tuvieran un oficio, un trabajo y perspectivas para seguir adelante. Hizo de sus muchachos sus hijos y redobló sus esfuerzos para que todos tuvieran una casa, un lugar donde estudiar, una familia para compartir alegrías, dificultades y esperanzas. Don Bosco partió el pan de la Eucaristía cada día con sus muchachos. Y les habló de paraíso, de cielo, de vida. Les abrió el corazón y los chicos descubrieron cómo era el corazón del padre. Y experimentaron tantas veces el perdón y la regeneración de la propia vida, en ocasiones tan maltrecha. Aprendieron a llamar a la Madre de Jesús, Auxiliadora. Y sabían que cada jornada, cada proyecto, cada paso dado no era más que una gracia de la Virgen. Si, Valdocco es un lugar de milagros. No es extraño que Don Bosco multiplicase aquellos panes una mañana a la puerta de la Iglesia. Dios lo da siempre a sus amigos. Como entonces el Maestro, unos pocos panes y unos pocos peces bastan para que toda la fuerza de Dios se pose en nuestra orilla y haya salvación para todos. Y panes. Y castañas. No lo dudes, Valdocco es un lugar de milagros. Es respirar el aire de lo extraordinario en lo pequeño y sencillo de un cobertizo, un prado y unos tiempos prodigiosos. ¿Y Don Bosco? Don Bosco es un poco de pan multiplicado para que sus muchachos sonrían. Buena semana. Vuestro amigo,
José Miguel Núñez, sdb

¿TIEMPOS DIFICILES? TIEMPOS PARA HACER EL BIEN

20-Febrero-2008.
Mis queridos amigos:
En el año 1848 Don Bosco trataba por todos los medios de dar estabilidad a la obra emprendida en Valdocco y buscaba – con creatividad – maneras nuevas de acompañar a sus muchachos y ayudarles a crecer y a madurar como personas y como cristianos. Aunque no faltaban las fuerzas ni la confianza en Dios, sin embargo el día a día no estaba exento de dificultades que hacían muy duro el camino. Así lo describe Don Bosco en las memorias del oratorio: “Los muchachos, congregándose en varios puntos de la ciudad, en las calles y en las plazas, consideraban lícito cualquier ultraje al sacerdote o a la religión. Yo mismo fui agredido varias veces en casa y en la calle. Cierto día, mientras enseñaba el catecismo, entró una bala de fusil por la ventana; me perforó la sotana, entre el brazo y las costillas, y abrió un gran agujero en la pared. En otra ocasión, un sujeto bastante conocido, a pleno día y encontrándome en medio de una multitud de niños me agredió con un largo cuchillo en la mano (…) resultaba, pues, muy difícil dominar a tan desenfrenada juventud”. ¡Tiempos difíciles! Dirán muchos a su alrededor. Pero Don Bosco no se arredró y se arremangó la camisa para encontrar alternativas y abrir nuevas perspectivas a sus muchachos. Don Bosco no se lamentó, no tuvo tiempo para quejarse de cómo estaban los jóvenes y lo mal que estaba la sociedad. Con una mirada penetrante sobre la realidad, con gran espíritu de iniciativa y con flexibilidad, con sacrificio y confianza en la Providencia, se puso manos a la obra: “Apenas se pudo disponer de otras habitaciones, aumentó el número de aprendices artesanos, todos escogidos de entre los más abandonados y en peligro”. “Apenas se pudo”, señala Don Bosco. Con un fuerte sentido del realismo pero con tenacidad y optimismo fue capaz de plantarle cara a la desolación y ponerse manos a la obra. Les ofreció a los muchachos un hogar, una familia y la posibilidad de crecer como personas. Una empresa de gigantes, una pequeña gota en el océano pero que llenó de sentido la vida del propio Don Bosco y – sobre todo – de sus jóvenes. Y después vinieron los talleres, y la escuela, y los contratos, y la propuesta evangelizadora y catequética… Don Bosco, en ese mismo año, escogió a un buen grupo de sus mejores muchachos y les ofreció la posibilidad de vivir una experiencia de ejercicios espirituales. ¡Ejercicios espirituales! Parecía de locos. Ejercicios espirituales a aquellos muchachos pobres, abandonados y peligrosos… Muchos debieron pensar que Don Bosco era un ingenuo, que se equivocaba de lleno, que era como dar margaritas a los cerdos. ¡Cómo si los pobres no tuvieran derecho a que se les anuncie el Evangelio de Jesucristo! La experiencia fue tan buena, dice el propio Don Bosco, que a partir de aquel momento se repitió la experiencia cada año. Y de aquel puñado de muchachotes de la primera hora surgieron sus primeros colaboradores. El ambiente en el Oratorio cambió por completo. ¡Tiempos difíciles! No sé si peores o mejores que los nuestros. Pero como Don Bosco, no podemos perder el tiempo en lamentos y con confianza hemos de arremangarnos los brazos para encontrar veredas nuevas por las que anunciar a los jóvenes que Jesucristo es el Señor de la Vida. Buena semana. Vuestro amigo,
José Miguel Núñez, sdb