domingo, 4 de abril de 2010

EL PAPA Y LOS CHICOS DE DON BOSCO

En 1848, cuando el Oratorio de San Francisco de Sales todavía luchaba por consolidarse, Italia vivía tiempos de revolución. El Papa Pío IX, amenazado por la revuelta popular y el poder político que quería despojar al pontífice del poder temporal que ostentaba, se exilió de Roma para poder garantizar su seguridad. Al margen de las causas políticas que provocaron tal situación, el acontecimiento del exilio papal creó en Don Bosco y sus muchachos un hondo pesar. Como para muchos católicos de su tiempo, la preocupación por la situación de amenaza que vivía
la Iglesia provocó una corriente de solidaridad y simpatía hacia el pontífice que se concretó en numerosos signos de apoyo incondicional al “Vicario de Cristo”.
Las necesidades económicas de la Iglesia crearon tal inquietud en el mundo católico que por todas partes se tomaron iniciativas solidarias con el fin de paliar la penosa situación de Pío IX. Corría el año 1849 cuando en el Oratorio de Valdocco Don Bosco propuso a sus muchachos una colecta para recaudar fondos y ayudar al Santo Padre. El mecanismo se pone en marcha con la necesaria motivación pedagógica y aquellos muchachos, entre el abandono y la necesidad de supervivencia, logran recaudar 35 liras de sus bolsillos maltrechos.
Don Bosco, con agudeza, quiere darle una solemnidad adecuada al acontecimiento y llama a algunas personalidades de la ciudad de Turín, entre ellos el Marqués Gustavo Cavour, a recoger la ofrenda de los pobres muchachos de Valdocco para el Santo Padre. Un periódico de la ciudad se hace eco del evento y Don Bosco consigue la notoriedad del momento para su Oratorio y la simpatía y admiración de la ciudadanía para su obra.
Los muchachos de Don Bosco, con la cara alegre y sonriente, rodean a los ilustres señores y dos de ellos se adelantan. Uno les entrega la cantidad recaudada, el otro pronuncia un discurso ciertamente preparado por Don Bosco) para la ocasión. Al terminar, un coro de niños cantará un himno compuesto en honor del Papa.
Una vez más, el ingenio de Don Bosco se pone al servicio de la causa de los oratorios y, al mismo tiempo, acrecienta en sus muchachos su sentido eclesial con la adhesión a la persona del Papa. Ciertamente, es el óbolo de la viuda del Evangelio, lo pequeño, lo insignificante, pero que con un valor incalculable educa en la solidaridad compartiendo lo poco que se tiene. Ciertamente, el Papa llegará a conocer el sencillo gesto de los chicos de Valdocco y algunos meses más adelante devolverá el gesto con el regalo de unos rosarios bendecidos por él para los niños y jóvenes del Oratorio.
Como podemos suponer, ya se encargó Don Bosco de que también este sencillo signo de amistad tuviera su trascendencia en medio de las actividades de la casa.
No nos cabe duda de que Pío IX recordará siempre con afecto la entrañable solidaridad de los chicos del Oratorio. Pero además, aquel sencillo gesto en momentos difíciles, hizo que las elaciones entre Don Bosco y el Pontífice se mantuvieran y acrecentaran durante muchos años. Don Bosco, hombre de Iglesia con un sentido pedagógico y práctico de la vida, supo en cada circunstancia situarse adecuadamente y ofrecer a sus muchachos las claves para leer la realidad
al tiempo que alcanzaba sus objetivos de consolidación de su obra. Lo único que le interesó, ciertamente, fueron los jóvenes.

José Miguel Núñez.

sábado, 20 de marzo de 2010

DOMINGO, AMIGO DE DIOS


Mis queridos amigos:

El día 9 de marzo celebramos el aniversario de la muerte de Domingo Savio y su recuerdo, más vivo que nunca, nos compromete. Don Bosco no duda en escribir en su biografía del joven Savio que en el Oratorio, “todos eran amigos de Domingo”. Cuenta Don Bosco cómo era el “alma” de los recreos, bromeaba y creaba un ambiente alegre a su alrededor que hacía que sus compañeros lo buscasen porque a su lado se divertían. Era el compañero vivaz, dicharachero y desenvuelto que se hacía querer por su buen humor, su sencillez y su bondad.
Continúa Don Bosco: “Su semblante alegre, su índole vivaz, lo hacían querido de sus compañeros aún de aquellos más gamberros”. Un día en que llegó al Oratorio un chico nuevo, Don Bosco –como en tantas otras ocasiones– pidió a Domingo que estuviese pendiente de él para que se encontrase a gusto desde el principio. Domingo se presentó a él y con amabilidad y cercanía le fue presentando a todos y enseñándole el Oratorio. Es el mismo Don Bosco quien nos transmite una estupenda conversación con Camillo Gavio, que así se llamaba el nuevo compañero: “¿Sabes? –le dijo Domingo-
Aquí nosotros hacemos consistir la santidad en estar muy alegres... empieza también tú a hacer tuyo este programa de vida: “servid al Señor en alegría” ¡Ya verás qué bien!”.
Las tres sugerencias de Don Bosco a sus jóvenes: alegría, trabajo y piedad serán las claves del camino de crecimiento de muchos de ellos. En especial, la alegría será una de las características de la espiritualidad que él propondrá siempre a sus uchachos.
La alegría que Don Bosco invitaba a vivir brota del corazón y tiene su fuente en la buena noticia del Evangelio y en el encuentro con Jesucristo. No se trata de una sonrisa forzada y circunstancial, sino del gozo que brota del corazón cuando descubrimos que es posible vivir en armonía porque hemos experimentado el amor de Dios que en Jesucristo nos ha abrazado entrañablemente.
Esta es la experiencia de Domingo:
sentirse amado por Dios y hacer crecer, en el encuentro con el Señor, espacios interiores de libertad que le hacen vivir en alegría la entrega generosa a los demás.
En la alegría, como valor a cultivar en la vida diaria, encontramos una vereda de crecimiento personal que le da a lo cotidiano un tono particular:
capacidad para afrontar las dificultades sin dejarse vencer, ánimo para asumir las responsabilidades de cada día, optimismo para dar nuevos pasos en el compromiso personal, talante bondadoso en el encuentro con las personas para las que siempre tenemos el gesto oportuno y la palabra amable ¿No te parece un camino extraordinario? Es justo ahí, en la vida sencilla de cada día, donde se fragua la santidad simpática de Domingo Savio sin grandes alardes, pero con la profundidad de quien ha decidido no quedarse en la cáscara de las cosas.
Sólo quien cuida su interioridad alcanza niveles de serenidad y de alegría impensables fuera de esta perspectiva. Cuida tu encuentro con el Señor cada día, deja que tu amistad con él abra espacios de libertad en tu interior y ponle, también tú, una sonrisa amable y contagiosa a tu realidad cotidiana. Verás que todo se transforma.

José Miguel Núñez.

jueves, 4 de febrero de 2010

¡¡¡DIOS PROVEERÁ!!!


Mis queridos amigos:


Siempre he admirado en Don Bosco la tenacidad con la que afrontó y llevó a cabo cada proyecto a lo largo de toda su vida. Procuró actuar con prudencia en todo momento pero con una tenaz perseverancia. Confiaba sin límites en el Señor e iba adelante con firmeza exclamando “¡Dios proveerá!”.
Leemos en las Memorias Biográficas:
“Cuando encuentro una dificultad, incluso de las más grandes, hago como los que andan por el camino y a un cierto punto lo encuentran bloqueado por una gran piedra. Si no puedo quitar el obstáculo de en medio, me subo encima, o por un camino más largo doy un rodeo. O bien, dejada sin terminar la empresa comenzada, para no perder inútilmente el tiempo esperando, comienzo enseguida otro proyecto. Pero no pierdo de vista nunca la obra comenzada y sin terminar. Con el tiempo, los frutos maduran, los hombres cambian, las dificultades se allanan”.
Toda una lección de sabiduría ¿no te parece? Dicen que los piamonteses son auténticos y tenaces hasta la testarudez. Que persiguen sus sueños con firmeza sin pararse ante los obstáculos. No sé si lo da la tierra, pero lo cierto es que Don Bosco tuvo algo de todo esto. Siempre alimentó una fuerza de voluntad que le hacía ir adelante aún en medio de grandes dificultades, sin ceder, sin volver atrás cuando estaba convencido de caminar por el sendero justo.
Ni las dificultades de la niñez, ni el desencuentro con la Marquesa Barolo, ni la grave enfermedad en el inicio de su misión con los jóvenes de Turín, ni las incomprensiones del Obispo Gastaldi – por citar sólo algunos ejemplos -, lograron que se apartara del camino que Dios le marcaba. Supo esperar con paciencia, buscó senderos diversos, superó los obstáculos, pero no arrojó la toalla ni se arredró ante lo complicado de algunas situaciones. Cuando trataba de poner en marcha la Congregación Salesiana, ante las muchas trabas que encontraba, no perdió el ánimo.
Tuvo que recorrer un camino de quince años hasta la aprobación definitiva de las Constituciones.
Un sacerdote anciano que vivió muchos años en el Oratorio de Valdocco, en 1889 (un año después de la muerte de Don Bosco), escribió:
“Don Bosco fue un hombre de carácter firme, de propósito tenaz, de mirada larga y justa, de tacto finísimo en el trato con las personas y las cosas, de grandísima confianza en la Providencia divina. Todo lo que en su vasta mente se engendraba, aunque pareciera que los obstáculos fueran insuperables, él lo realizaba. Llevaba adelante las cosas como por encanto, con estupor general, confiando en estas palabras: ¡Dios proveerá!”.

En efecto, Dios proveerá. Como siempre ha hecho en nuestra familia, también hoy confiamos en que Dios hará prósperas las pobres obras de nuestras manos. Con la invencible tenacidad de nuestro padre, acometemos proyectos hasta la temeridad cuando del bien de los jóvenes se trata. Por muy fuerte que soplen los vientos, Dios los convertirá en brisa; por muy altos que sean los montes, Dios los allanará. No lo dudes, siempre hay caminos. Y en el sendero árido y tortuoso, Dios siempre provee a los de corazón grande, ancha mirada y paso firme.


Vuestro amigo,

José Miguel Núñez.

viernes, 15 de enero de 2010

¡Quédate!

Mis queridos Amigos:

Avanza el mes de enero y se acerca la fiesta de Don Bosco. Celebrar a nuestro padre es también disponer el corazón para vivir como él y hacer nuestras sus grandes intuiciones espirituales y apostólicas. Esa es la tarea que tenemos por delante y el compromiso que todos nosotros asumimos cada día: ser fieles, con creatividad, a la herencia carismática que el santo de los jóvenes nos ha dejado.
Cuenta el mismo Don Bosco en las Memorias del Oratorio que una tarde lluviosa del mes de mayo (quizás del 1847), un joven de unos quince años se presentó en su casa completamente empapado de agua: “No tengo nada y estoy completamente solo” le dijo, mientras Mamá Margarita trataba de secarle las ropas. Don Bosco, reconoce él mismo, “estaba conmovido”. La respuesta que brotó de su corazón de padre, aún en la penuria de aquel tiempo, no fue otra que “hacerle hueco”: “Quédate”.
Creo que en aquel primer “quédate” podemos descubrir toda la fuerza de un corazón grande y magnánimo que ha comprendido que el amor no entiende de medidas ni de evasivas. Como el samaritano protagonista del relato evangélico, Don Bosco no dio un rodeo; no se apartó del camino; no buscó excusas ni apretó el paso para pasar de largo. Solo abrió la puerta para que aquel muchacho pudiese entrar: “Quédate”. Y después vinieron muchos más “Quédate” pronunciados con una sonrisa y una mano abierta y solidaria que invitaban siempre a la esperanza.
¿Cuántas veces se repetiría aquella misma escena? Hemos de aprender de Don Bosco a decir “Quédate”; o lo que es lo mismo: me importas mucho, aquí estoy, cuenta conmigo. Mirando a nuestro padre, hemos de saber expresar también nosotros, como él, la bondad y la cercanía del que no pasa de largo, mira con compasión la realidad y se implica en ella a fondo aunque eso suponga “complicarse” más la vida. Decir “quédate” a los hermanos es abrir la puerta de la fraternidad para compartir, para disculpar, para comprender, para acompañar. Sin pasar de largo. Decir “quédate” a los chavales que se nos confían es cruzar la línea de la indiferencia para ganar el corazón desde la cercanía, la paciencia y el cariño. Sin pasar de largo.
Decir “quédate” a los que nos piden una mano o llaman a nuestra puerta en una tarde lluviosa es estar siempre dispuestos a poner al otro en primer lugar, a tender la mano de la amistad, a tener a punto el fuego de la acogida, a encontrar siempre un lugar para poder calentar el alma, a veces tan al aire, de los que se encuentran a la intemperie. Sin pasar de largo. Don Bosco no dio rodeos. Su corazón, tan grande como las arenas de las playas, fue siempre el hogar de cuantos se acercaron a él buscando un poco de calor. En este mes de Don Bosco, preparar su fiesta es asumir en el día a día el compromiso de saber decir “quédate” siempre que alguien llame a nuestra puerta aterido de frío. ¡Ojalá siempre le abramos!
Vuestro amigo
José Miguel Núñez