
Mis queridos amigos:
Me he “topado” estos días, casi sin querer, con algunos párrafos de la carta que Don Bosco escribió desde Roma a los salesianos y jóvenes del Oratorio en 1884.
En el sueño que describe y el mensaje que quiere transmitir, me han llamado la atención fuertemente, una vez más, las palabras de Don Bosco, anciano y cansado, casi al final de su vida:
“¿Sabéis lo que desea de vosotros este pobre anciano que ha consumido toda su vida por sus queridos jóvenes? Pues que vuelvan a florecer los días felices del antiguo oratorio”.
¡El antiguo Oratorio! Sabemos bien lo que Don Bosco quería decir con aquella expresión. Tenía en la mente y en el corazón la rica experiencia de los inicios:
“Los días del amor y la confianza (...) los días de los corazones abiertos, los días de la caridad y la verdadera alegría para todos”.
No he podido evitar que el pensamiento volase a los primeros momentos de nuestra historia, tal como el mismo Don Bosco los narra en las Memorias del Oratorio.
Fue, sin duda, una “década prodigiosa”. Los años entre 1846 y 1856 fueron extraordinarios en el Oratorio de Valdocco. Con el impulso irresistible de los inicios, como un viento impetuoso, la acción del Espíritu dio fuerza creadora a la experiencia de un hombre apasionado y lleno de Dios junto a un puñado de muchachos atrapados en la sonrisa cautivadora y bondadosa de aquel sacerdote santo.
Don Bosco fue el instrumento dócil y maleable que Dios suscitó para regalar a la Iglesia y a los jóvenes el carisma salesiano. Y a su lado crecieron sus muchachos respirando el mismo aire y soñando el mismo sueño.
Don Bosco, Mamá Margarita, Domingo Savio, Miguel Rua, Juan Cagliero... y tantos otros que avivaron la llama de la santidad desde la sencillez y la esencialidad de la vida cotidiana. Sin muchos alardes, con pocos medios, en una austeridad casi angustiosa, crece la espiritualidad salesiana como propuesta vigorosa que se adentra por las veredas del Evangelio, de él se alimenta y desde él ilumina la realidad para transformarla.
De aquel fuego, nuestro rescoldo. Unas brasas jamás consumidas que han abrigado el alma, tan al aire, de muchos jóvenes a lo largo del tiempo. Somos una familia de santos y herederos de un carisma que está llamado a dar calor y cobijo a todos los que están en descampado o simplemente experimentan el frío de la noche cuando el sol del cariño y del abrazo ha caído en el horizonte de la propia historia.
Don Bosco tenía miedo, casi al final de su vida, de que aquella experiencia del Espíritu pudiera desvirtuarse. Su sueño en Roma y la carta que nos escribió son un estímulo para que también hoy vuelvan entre nosotros “los días felices del antiguo oratorio”. El mensaje de Don Bosco está dirigido a sus salesianos, a sus educadores y a sus jóvenes. Son palabras para todos nosotros. Hemos de saber recrear una nueva “década prodigiosa”. El viento del Espíritu no deja de soplar. De las brasas de la espiritualidad salesiana, todavía encendidas, han de crecer – vigorosas– las llamas de la santidad sencilla y simpática que supieron vivir aquellos primeros jóvenes junto a Don Bosco. ¡Déjate quemar!
Vuestro amigo,
José Miguel Núñez


