viernes, 18 de diciembre de 2009

A MEDIAS CONTIGO O LA SOLIDARIDAD DEL POBRE


Mis queridos amigos:

Corría el año 1852 cuando en Turín, una tarde de primavera una explosión atronadora rompía en dos la ciudad y sumía en el caos y la destrucción el barrio Dora, muy cerca de Valdocco. Estalló, causando enormes destrozos, el polvorín militar. Hubo 28 víctimas y numerosas pérdidas materiales.
Don Bosco se encontraba en los primeros años de su obra y estaba construyendo la Iglesia de San Francisco de Sales en el Oratorio, porque la capillita Pinardi se había quedado definitivamente pequeña para albergar a los jóvenes de la casa. Aunque hubo algunos destrozos, techos caídos y ventanas rotas, no se tuvieron que lamentar grandes pérdidas. El armazón de la nueva Iglesia,
todavía por concluir, no sufrió daños importantes. Don Bosco y sus muchachos corrieron enseguida para ayudar y socorrer a los heridos. Mamá Margarita quedó en casa con algunos chicos para tratar de arreglar el desastre. Cerca del Oratorio, el hospital del Cottolengo había sido golpeado duramente.
Mucha destrucción, pánico indescriptible y numerosos heridos. No dudaron ni un instante los chavales de Don Bosco en ir a echar una mano. La solidaridad es como una corriente eléctrica entre quien nada tiene. Por aquellos días, Don Bosco había realizado una lotería, como hizo tantas veces, para recaudar fondos y poder financiar la construcción de San Francisco de Sales. Tenía 30.000 liras (todo un tesoro) preparadas para hacer frente a los gastos y poder concluir las obras. Ante tal desastre, no dudó en llevar al superior del Cottolengo la mitad del dinero que, como oro en paño, tenía guardado para el Oratorio. Enterado el Arzobispo de tal gesto, dio a conocer el hecho y escribió una carta preciosa al propio Don Bosco agradeciéndole su generosidad. Don Bosco había escuchado muchas veces de boca de mamá Margarita la historia
popular de aquel soldado, Martín, que no dudó en compartir la mitad de su capa militar con un mendigo muerto de frío en el camino. Después soñó al Señor con su manto puesto y un letrero que decía: “Martín me ha cubierto con su manto”.
Ir a medias para que otros tengan con qué cubrirse. Nos recuerda este sencillo episodio aquella expresión que Don Bosco repitió tantas veces a sus muchachos más pobres:
- Te quiero tanto que, aunque no tuviera más un pedazo de pan, lo partiría a medias contigo.
Un día, con uno de sus primeros chavales, Miguel Rúa, –haciendo el gesto de partir en dos su mano y ofreciéndole la mitad de ella– le decía:
- Tú y yo iremos en todo a medias.
Y aquel muchacho, que no entendía nada de lo que Don Bosco le decía, se convirtió en pocos años en su mano derecha y su sucesor. Ir a medias (que no mediocremente) con Don Bosco. Para compartir nuestra vida y nuestro pan con los que nos necesitan; para estar ahí, en el momento justo cuando todo se derrumba, para no dar rodeos ni mirar hacia otro lado cuando todo estalla;
para ser un poco de bálsamo que ayude a cicatrizar heridas; para ser un pedazo de pan tierno y blanco que sacie el hambre de afecto de tantos; para ser signo de esperanza ante tanta desesperanza.
Como Don Bosco, pasa por la vida sin dar rodeos ante las necesidades de los demás. Cuando haces tuyo el dolor del apaleado en el camino, quizás encuentres que no tengas para terminar tu proyecto, pero –sin darte cuenta– habrás recibido el ciento por uno.



José Miguel Núñez.

domingo, 29 de noviembre de 2009

VOLVER A LA FUENTE

Mis queridos amigos:

Puede que para muchos no tengan demasiada importancia porque lo consideran tradición menor. Pero a mí me resulta apasionante volver a releer el testimonio de aquellos que conocieron a Don Bosco y guardaron con celo y fidelidad admirable sus recuerdos. Son los pequeños fragmentos que componen el mosaico del espíritu salesiano y que nos devuelven con todo su colorido el retrato de nuestro padre. Siempre me llamó la atención la experiencia del encuentro con Don Bosco que tuvieron los primeros salesianos y la fascinación que sintieron hacia él. Como el relato, por ejemplo, que nos dejó escrito de forma autobiográfica uno de los padres de la Congregación Salesiana: Don Giovanni Battista Francesia, uno de aquellos 18 jóvenes que en diciembre de 1859 se reunieron en la habitación de Don Bosco para constituir la Sociedad Salesiana. Así describe su primer encuentro con Don Bosco, siendo todavía un niño:
“En la fiesta de los Santos (1850), un pariente mío mientras jugaba al trompo junto al muro del manicomio de la Via Giuglio, me dijo:
- ¿Quieres que vayamos a ver a Don Bosco?
- ¿Para qué?
- Hoy reparten castañas.
- Pero ¿Quién es Don Bosco?
- Es un sacerdote que recoge muchos chicos en las fiestas y allí se divierten.
Hoy reparten castañas, ven.
Yo fui y vi por primera vez lo que era un Oratorio festivo (...) ¡Cuánto me divertí! Pero en lo mejor sonó la campanilla. Vi correr como por encanto a todos los que estaban a mí alrededor. Creyendo que yo también debía huir, corrí por donde me pareció y fui a caer, para mi ventura, junto a Don Bosco, que avanzaba para contener aquella oleada de muchachos que parecía huir no sabría adonde. Él inmediatamente me dijo:
- ¿Quieres decirme dos palabras al oído?
- ¡Oh, sí!
- ¿Pero sabes lo que significan?
- Sí, sí, que vaya a confesarme.
- ¡Bravo! Lo has adivinado. ¿Cómo te llamas?
- Giovanni Battista.
- Por ahora, ven conmigo.
Me tomó de la mano y me condujo a la Capilla Pinardi”. Don Giovanni Battista, ya anciano, recordaba con mucha vivacidad este primer encuentro con Don Bosco. ¡No se le pudo olvidar! Nos recuerda a tantos otros encuentros, a tantos otros diálogos, sonrisas, silbidos y gestos de complicidad. Siempre hubo, además, un Avemaría. Don Bosco se hace cercano, entrañable, cariñoso. Siempre presente entre sus muchachos, para todos tiene la palabra al oído adecuada en
el momento preciso. Muchos jóvenes tendrán que “venir y ver”, como el joven Francesia. A nosotros nos toca ponerle rostro, y palabra y gestos de bondad a Don Bosco hoy. Tradición menor, piensan algunos. Pero a nosotros nos devuelve la frescura de un Don Bosco siempre joven
y la fascinación de Valdocco en la pureza de nuestros orígenes. Volver a la fuente. Siempre.

José Miguel Núñez.

lunes, 12 de octubre de 2009

TALLERES PARA LOS POBRES

Mis queridos amigos:

En pleno desarrollo y maduración de su obra en Valdocco, Don Bosco abre sus primeros talleres entre 1853 y 1856. Son talleres de zapatería, sastrería, encuadernación y, algo más tarde, también de carpintería.
Hasta ahora, sus muchachos aprendices habían frecuentado diferentes talleres en la ciudad en los que Don Bosco los colocaba al cuidado de algún patrón que los iniciaba en el oficio. Pero las constantes dificultades económicas de la casa y las necesidades de los propios muchachos hicieron pensar creativamente a Don Bosco que la “producción propia” ayudaría a aliviar la maltrecha economía del Oratorio al tiempo que suministraba ropa y materiales para los propios chicos. Si a esto le añadimos una segunda preocupación de Don Bosco, esto es, la de sacar a los jóvenes del ambiente malsano de los talleres de la ciudad, la ocasión parecía una buena oportunidad para orientar en una nueva dirección el proyecto de Valdocco.
Así, la estructura de los talleres reproducirá la de los talleres de la ciudad: el patrón, los trabajadores y los aprendices trabajan juntos.
Todavía estamos lejos, pues, de una auténtica escuela profesional. Se trata también de producir. Don Bosco habrá de ingeniárselas de nuevo para dar a conocer sus talleres y, como no podíamos esperar menos, a sus distinguidos clientes les hará un precio especial… cobrándoles más y tratándoles como a benefactores que contribuyen a la noble causa del Oratorio de San Francisco de Sales. He aquí un testimonio de una nota de prensa publicada en el periódico Armonía que, si bien no está firmada por Don Bosco, es fácil imaginar quien es su inspirador:
“Apertura de un taller para los pobres. Con la finalidad de dar trabajo a algunos pobres muchachos acogidos en el oratorio masculino de San Francisco de Sales en Valdocco, bajo la dirección del benemérito sacerdote don Giovanni Bosco, se ha abierto un taller de encuadernación.
Las personas que les suministren libros u otros objetos a confeccionar, además de módicos precios, contribuirán al sostenimiento de una obra de beneficencia pública. Nosotros recomendamos calurosamente este proyecto, sabiendo que dieciocho niños que han quedado huérfanos por la reciente epidemia de cólera han sido acogidos allí y que muchos otros lo serán también dentro de poco”.
Don Bosco mira adelante y con su habitual modo de hacer trata de asegurar el funcionamiento de su obra al mismo tiempo que la da a conocer suscitando simpatías y adhesiones.
Pero su preocupación está centrada sobre todo en sus muchachos. Seguirá muy de cerca los talleres y los cuidará con mimo eligiendo con atención a los maestros de taller y redactando enseguida un reglamento que expresa muy bien sus expectativas ante la nueva obra: la profesionalidad, la honestidad, la responsabilidad, el respeto, la dimensión religiosa y las prácticas de piedad estaban presentes en la vida cotidiana de los muchachos.
Para Don Bosco, lo sabemos bien, no se trata solo de enseñar un oficio, sino de educar a aquellos jóvenes haciendo de ellos buenos cristianos y honrados ciudadanos. En la nueva etapa de la apertura de los talleres, toda su creatividad y su celo pastoral fueron puestos al servicio de su proyecto educativo- pastoral.

Vuestro amigo,

José Miguel Núñez.

sábado, 26 de septiembre de 2009

PAN, TRABAJO Y PARAÍSO

Mis queridos amigos:Cuántas veces le preguntaría Don Bosco a sus muchachos: “¿Te quieres quedar con Don Bosco?”. La mirada asombrada e ilusionada de muchos de ellos expresaba de forma elocuente el deseo de un “si” largamente acariciado y esperado. Y para todos la promesa: “te prometo pan, trabajo y paraíso”. Sonó tan creíble la propuesta que muchos no dudaron y el corazón joven y apasionado de Juan Cagliero exclamó: “Fraile o no fraile… ¡me quedo con Don Bosco!”.Así fue siempre. Don Bosco les ofrecía el pan de cada día que no habría de faltar nunca en la mesa del pobre. Y aunque no hubiera más que un pedazo, lo partiría a medias con ellos. Sus chavales sabían que era cierto.Pero les aseguraba también el pan de la Eucaristía, el pan tierno del encuentro con Jesucristo, el Señor de la vida; y con Él, les ofrecía el trigo limpio de la educación, la blanca harina del cariño y la amistad, la levadura de un futuro nuevo que sería amasado – les decía - con esfuerzo y compromiso.Incansable y tenaz, Don Bosco repetía a sus muchachos: “trabajo, trabajo, trabajo...”. Era su santo y seña; era su manera de ser pobre, de vivir la austeridad, de comprender la solidaridad con los más necesitados. En su casa, los jóvenes y sus primeros salesianos aprendieron el valor del sacrificio y del empeño en las tareas cotidianas. En nuestra familia hemos comprendido que nuestro tiempo es para los jóvenes, que no nos pertenece, que somos hijos de un trabajador infatigable ¡Una auténtica experiencia de espiritualidad!Pero les prometió también a sus muchachos el Paraíso: “¿A dónde va, Don Bosco?”, le preguntaban algunos cuando se cruzaban a toda prisa con él por los pasillos, los patios, las calles de Turín… “¡Al paraíso!”, les respondía.La mirada en el horizonte, más allá de la acostumbrada rutina o del mortecino vivir. Creativo y emprendedor, caminaba con los pies en el suelo pero con la convicción - aún en medio de grandísimas dificultades - de que “un trozo de paraíso lo arregla todo”.Así vivió y así murió el santo de los jóvenes: avivando sueños que parecían imposibles y alentando esperanzas perdidas; adelantando el cielo para sus muchachos cuando el suelo era, tantas veces, un pequeño infierno porque en el margen no hay oportunidades a las que agarrarse si alguien no te tiende su mano.Gastado hasta la extenuación, se despidió de ellos con un inmenso abrazo de padre y estableciendo un pacto con la eternidad: “Di a mis queridos jóvenes que los espero a todos en el paraíso”.Sus muchachos, en el Oratorio de Valdocco, comprendieron que Don Bosco era amigo de Dios. Domingo Savio, y como él tantos otros, vivieron una experiencia tan intensa junto a él que expresaron con su vida santa que el cielo no puede esperar “¡Qué cosas más hermosas veo!”. Y desde aquel momento en la casa de Don Bosco se hizo consistir la santidad en estar muy alegres.Hoy resuena para ti la misma pregunta que escucharon muchos chicos en Valdocco: ¿Quieres quedarte con Don Bosco? Piénsalo en primera persona. En la familia salesiana te ofrecemos pan, trabajo y paraíso. Como a Cagliero, no te importe qué dirán de ti o cómo te las vas a arreglar. Sencillamente, quédate con Don Bosco.

Vuestro amigo,
José Miguel Núñez

domingo, 20 de septiembre de 2009

EL EVANGELIO DE LOS JOVENES

Mis queridos amigos:

La antigua liturgia de la fiesta de Don Bosco se expresaba así al referirse al Padre y Maestro de la juventud:
“Dios le dio a Don Bosco un corazón tan grande como las arenas de las playas de los mares”. Pocas frases logran expresar con tanta nitidez y tanta contundencia el don de Dios a la Iglesia, a la Familia Salesiana y a los jóvenes: ¡Un corazón tan grande como las arenas de las playas! Corazón de Padre, corazón generoso y entregado, corazón libre y apasionado, corazón magnánimo y misericordioso, corazón de Buen Pastor.
Don Bosco es, sin duda, una buena noticia de parte de Dios para los jóvenes. Cuando sólo tenía nueve años la Providencia le marcó la senda por donde caminar: “No con golpes, con amor”. Y su mirada se hizo bondad; su corazón latió con la fuerza de la caridad; sus manos abiertas fueron solidaridad creativa para transformar la pobreza en un futuro de esperanza. En el principio fue, claro, la madre.
Margarita: una mujer entera y cabal, tierna y fuerte, madre y padre a la vez. Supo contagiar a sus hijos del sentido de Dios que inunda la vida y genera confianza; les enseñó el sentido del trabajo y la solidaridad con los más necesitados. Fue la mejor escuela de santidad de la que aprendió Don Bosco. Margarita Occhiena fue, sin duda, el pecho en el que se acunó la propia Congregación Salesiana.
Y la Maestra..., siempre la Maestra que le ayudó a ser fuerte y humilde. Siempre la Madre de la Consolación que lo sostuvo con su auxilio en cada tramo del camino. Siempre la Madre buena que cubrió con su manto a los pequeños de su hijo predilecto, aquel que la soñó como columna fuerte y compañera de camino en el emparrado de rosas. Si, Juan Bosco fue presencia entrañable de Dios que paseaba por los arrabales de Turín, por las cárceles, por el despoblado de la historia donde vagaban aquellos que no han sido invitados al banquete. Se hizo para ellos: presencia encarnada, palabra de Dios, esperanza inquebrantable. “¡Dios te quiere! ¿No lo notas?” Y abrió para ellos el mar hacia una nueva tierra mil veces prometida y siempre preñada de futuro.
Don Bosco se hizo pan partido para sus queridos jóvenes: “aunque no tuviera más que un pedazo de pan... lo partiría a medias contigo”. Y sus jóvenes sabían que era cierto. Don Bosco se hizo vino de fiesta para todos: ¡estad alegres! ¡Os lo repito: estad alegres! Y Domingo, Miguel, Juan, Francisco y tantos otros aprendieron que en la casa de Don Bosco “hacemos consistir la santidad en estar siempre alegres”.
No hay mayor amor que dar la vida... ¡Qué bien lo entendió Don Bosco! Hasta su último suspiro fue para sus muchachos. Murió cansado, con las piernas hinchadas, casi ciego… como una sotana vieja... Ya se lo profetizó su amigo, el teólogo Borel, cuando Juan volvió a Turín después de recuperarse en I Becchi de la enfermedad que casi lo lleva a la tumba: ¡Lleva usted una sotana demasiado ligera! -le dijo- se colgarán de ella muchos jóvenes! Así fue. Y aunque gastado, quedó siempre intacto el corazón.
Hubo un hombre enviado por Dios cuyo nombre era Juan Bosco: una buena noticia para los jóvenes. Auténtico evangelio que sigue resonando aquí y ahora para que , en nombre del único Señor, todos – especialmente los pobres y abandonados - tengan vida y la tengan en abundancia.
Vuestro amigo,

José Miguel Núñez

sábado, 27 de junio de 2009

LA DÉCADA PRODIGIOSA

Mis queridos amigos:

Me he “topado” estos días, casi sin querer, con algunos párrafos de la carta que Don Bosco escribió desde Roma a los salesianos y jóvenes del Oratorio en 1884.
En el sueño que describe y el mensaje que quiere transmitir, me han llamado la atención fuertemente, una vez más, las palabras de Don Bosco, anciano y cansado, casi al final de su vida:
“¿Sabéis lo que desea de vosotros este pobre anciano que ha consumido toda su vida por sus queridos jóvenes? Pues que vuelvan a florecer los días felices del antiguo oratorio”.
¡El antiguo Oratorio! Sabemos bien lo que Don Bosco quería decir con aquella expresión. Tenía en la mente y en el corazón la rica experiencia de los inicios:
“Los días del amor y la confianza (...) los días de los corazones abiertos, los días de la caridad y la verdadera alegría para todos”.
No he podido evitar que el pensamiento volase a los primeros momentos de nuestra historia, tal como el mismo Don Bosco los narra en las Memorias del Oratorio.
Fue, sin duda, una “década prodigiosa”. Los años entre 1846 y 1856 fueron extraordinarios en el Oratorio de Valdocco. Con el impulso irresistible de los inicios, como un viento impetuoso, la acción del Espíritu dio fuerza creadora a la experiencia de un hombre apasionado y lleno de Dios junto a un puñado de muchachos atrapados en la sonrisa cautivadora y bondadosa de aquel sacerdote santo.
Don Bosco fue el instrumento dócil y maleable que Dios suscitó para regalar a la Iglesia y a los jóvenes el carisma salesiano. Y a su lado crecieron sus muchachos respirando el mismo aire y soñando el mismo sueño.
Don Bosco, Mamá Margarita, Domingo Savio, Miguel Rua, Juan Cagliero... y tantos otros que avivaron la llama de la santidad desde la sencillez y la esencialidad de la vida cotidiana. Sin muchos alardes, con pocos medios, en una austeridad casi angustiosa, crece la espiritualidad salesiana como propuesta vigorosa que se adentra por las veredas del Evangelio, de él se alimenta y desde él ilumina la realidad para transformarla.
De aquel fuego, nuestro rescoldo. Unas brasas jamás consumidas que han abrigado el alma, tan al aire, de muchos jóvenes a lo largo del tiempo. Somos una familia de santos y herederos de un carisma que está llamado a dar calor y cobijo a todos los que están en descampado o simplemente experimentan el frío de la noche cuando el sol del cariño y del abrazo ha caído en el horizonte de la propia historia.
Don Bosco tenía miedo, casi al final de su vida, de que aquella experiencia del Espíritu pudiera desvirtuarse. Su sueño en Roma y la carta que nos escribió son un estímulo para que también hoy vuelvan entre nosotros “los días felices del antiguo oratorio”. El mensaje de Don Bosco está dirigido a sus salesianos, a sus educadores y a sus jóvenes. Son palabras para todos nosotros. Hemos de saber recrear una nueva “década prodigiosa”. El viento del Espíritu no deja de soplar. De las brasas de la espiritualidad salesiana, todavía encendidas, han de crecer – vigorosas– las llamas de la santidad sencilla y simpática que supieron vivir aquellos primeros jóvenes junto a Don Bosco. ¡Déjate quemar!

Vuestro amigo,

José Miguel Núñez

sábado, 9 de mayo de 2009

LA VIRGEN DE DON BOSCO

Mis queridos Amigos:

Comenzamos el mes de mayo y parece que todo se transforma en nuestras casas salesianas. Es un mes especial. Un tiempo que sabe a fiesta y alegría pascual, a flores y cantos a la Madre de Jesús, a fervor popular y cariño sin límites a la Virgen de Don Bosco.
Hablar de María Auxiliadora es siempre una alegría. Para mi es recordar tantos otros meses de mayo, tantas fiestas de María Auxiliadora, tantas plegarias a los pies de la Virgen como brotaron de mis labios cuando era tan solo un niño. Pero, sobre todo, es reconocer que Dios ha hecho cosas grandes en mi vida por pura misericordia y que María ha sido siempre intercesión y presencia materna en mi camino de fe.
Al escribir estas líneas, no he podido evitar que la memoria y el corazón volasen hacia los sentimientos más íntimos. De cómo nació en mí el amor a la Virgen de Don Bosco, de cómo aprendí el Rendidos a tus plantas o saludaba a la Madre cada mañana al ir clase. Recuerdo mi infancia, mi colegio salesiano, rostros, lugares, situaciones... años entrañables que quedaron atrás y de los que siempre queda la memoria agradecida y una pincelada fugaz de madura nostalgia.
En ella, algunos recuerdos particularmente gratos de los años de colegio en la casa salesiana; recuerdos que saben de alegría y de fiesta, de veladas inolvidables, de teatro y tardes de fútbol, de aulas y de patio, de amigos, de familia, de juegos y buenos momentos, de salesianos enteros, veraces y apasionados que supieron hacer crecer en mi corazón adolescente la fe en el encuentro con Jesús de Nazaret y el cariño a su madre, la esperanza de un futuro más pleno que está por llegar y el amor generoso que se acrisola en la entrega y en el compromiso cotidianos.
Años hermosos ¿sabéis? Me cautivó tanto Don Bosco que me quedé con él; heredero, también yo de su soñar profético. Y siempre, la Auxiliadora: madre y maestra, mediadora y horizonte de plenitud; siempre la sentí de casa, paseando en los patios y en mis juegos. Ha sido tantas veces fortaleza en mi debilidad y consuelo en mi tristeza; aliento en mi peregrinar en la fe, esperanza en los momentos inciertos... y siempre Auxiliadora.
Aprendí a llamarla e invocarla desde pequeño como Auxilio de los cristianos. Fue para mí, desde entonces, la Virgen de Don Bosco. Estoy seguro que también a mí, como él nos dijo, la Virgen me puso bajo su manto. Es como si en mi vida se cumpliese también la experiencia que Don Bosco nos transmitió: en nuestra familia, todo lo ha hecho ella. Y así ha sido. No puedo desvincular mi vocación salesiana de la mediación materna de María; no me comprendo a mí mismo sin la cercanía entrañable de la Madre de Jesús en tantos momentos de la vida; no concibo mi maduración espiritual sin la devoción recia y filial a Santa María.
También en mí la confianza se hizo milagro cotidiano por su mediación materna y en tantas ocasiones mi agua se convirtió en vino por la palabra del Señor. Y comprendí sus palabras: Haced lo que él os diga.
Eso traté de hacer cuando el mismo Jesús me pidió ir tras Él. Y entonces descubrí que María me precedía en el seguimiento de su Hijo intercediendo siempre, consolando siempre, alentando la esperanza siempre. Y en los momentos más duros, las palabras de Jesús: “Ahí tienes a tu Madre”. También yo quisiera, como el discípulo amado, acogerla como lo más precioso que nos dejó su Hijo.

Vuestro amigo,

José Miguel Núñez.

UNA ESPIRITUALIDAD PASCUAL

Mis Queridos amigos:

¡Feliz Pascua de Resurrección!Dios ha resucitado, con brazo potente, a su Hijo y lo ha constituido Señor de la historia venciendo definitivamente a la muerte. Nuestras vidas, en el encuentro con el Resucitado han quedado transformadas y su Espíritu nos ha hecho testigos de la salvación de Dios. Hecha añicos la piedra del sepulcro, somos ungüento perfumado para sanar y vendarheridas, para alentar la esperanza y pasar por la vida haciendo el bien, como nuestro Maestro.
Retomamos el pulso a la vida cotidiana con el rostro radiante, como aquellos discípulos, porque hemos visto al Señor. Compartiendo con los jóvenes los diferentes encuentros de Pascua, una vez más, he experimentado la brisa fresca del Espíritu que cambia nuestras vidas y hace nuevas todas las cosas. Y ahora, de vuelta al “lago” de la vida cotidiana, hemos de contar a todos lo que hemos visto y oído: Jesucristo, muerto y resucitado, es la Vida plena y el horizonte de nuestra existencia. Nuestra espiritualidad salesiana es una espiritualidad pascual. Los que hemos tenido la suerte de orar y celebrar la fe en el templo a Don Bosco en I Becchi, sobre la casita natal de nuestro padre, nos hemos sentido subyugados por la imponente talla del Resucitado que preside el templo.
La misma capilla Pinardi, en Valdocco, tiene en el frontispicio la representación de la resurrección del Señor en una invitación constante a compartir la vida a manos llenas como tantas veces, en aquel mismo lugar, hiciera Don Bosco. No podemos olvidar tampoco que, como si fuese expresión de la vida nueva que nos ofrece el Resucitado, el inicio del Oratorio en Valdocco tiene lugar un domingo de Pascua de 1846. Así lo narra el propio Don Bosco en las “Memorias del Oratorio”: “No busqué más. Corrí enseguida con los jóvenes; los reuní a mi alrededor y me puse a gritar con voz potente: ‘Ánimo, hijos míos, ya tenemos un Oratorio más estable que en el pasado; tendremos iglesia, sacristía, locales para clases y terreno de juego. El domingo, el domingo iremos al nuevo Oratorio que se encuentra allá en casa Pinardi (...) Al domingo siguiente, solemnidad de Pascua, 12 de abril, trasladamos todos los enseres de la iglesia y los juegos, para tomar posesión del nuevo local”.
Pascua de Resurrección: comienzo de una nueva andadura. También para nosotros. Como Don Bosco, corremos hacia los jóvenes para alentar la esperanza en un futuro mejor para todos; el futuro de Dios que hoy adelantan nuestras manos comprometidas y nuestro corazón apasionado.
Con ellos queremos caminar para que muchos encuentren al Señor de la Vida. Como en Emaús, arderá nuestro corazón en la fracción del pan y en la escucha de la palabra. Será la fuerza que nos hará volver a Jerusalén para anunciar a todos que Cristo, nuestra esperanza, ha resucitado. Una espiritualidad pascual: la de la confianza y el testimonio, la del optimismo y el encuentro fraterno, la del compromiso por la vida y la entrega sin reservas. Como el Maestro.
¡Feliz Pascua de Resurrección!


Vuestro amigo,

José Miguel Núñez.

sábado, 7 de marzo de 2009

SALIR DE LA MEDIOCRIDAD

Mis queridos amigos:

Acababa de estrenarse el verano. Aquel 24 de junio de 1855, Don Bosco tuvo la convicción de que aquel adolescente tenía algo especial. Los meses compartidos en Valdocco le habían ido confirmando sus primeras impresiones: Domingo era excepcional, no se conformaba con la mediocridad, no andaba con medias tintas, tenía una mirada larga y anhelaba horizontes más anchos para su vida.
Así lo narra Don Bosco a propósito de un episodio sucedido con motivo de la fiesta de San Juan, su onomástico. La tarde anterior, en las buenas noches, dijo sonriendo a sus muchachos:
“Mañana queréis hacer fiesta conmigo y os lo agradezco. Por mi parte, quiero haceros el regalo que más deseéis.
Así que, cada uno cogerá un pedazo de papel y escribirá en él el regalo que desea. No soy rico, ero si no me pedís el Palacio real, haré todo lo que pueda para contentaros”.
Es fácil imaginar las peticiones más estrambóticas escritas en aquellos papeles entregados a Don Bosco ¡Hubo quien pidió hasta cien kilos de turrón para tener todo el año! Pero fue sorprendente la petición de Domingo. Sobre su papel, con una mirada de asombro, Don Bosco leyó:
“Ayúdeme a hacerme santo”.
Don Bosco tomó en serio la petición de Domingo. Lo llamó y le dijo: “Cuando tu madre hace una tarta, usa una receta que indica varios ingredientes para mezclar: el azúcar, la harina, los huevos, la levadura... también para ser santos se necesita una receta, y yo te la quiero regalar. Está formada por tres ingredientes que hay que mezclar juntos.
Primero alegría. Lo que te inquieta y te quita la paz no le gusta al Señor. Déjalo a un lado.
Segundo: tus responsabilidades de estudio y de oración. Atención en clase, esfuerzo en el estudio, orar con gusto cuando seas invitado a hacerlo.
Tercero: hacer el bien a los demás. Ayuda a tus compañeros cuando te necesiten, aunque te cueste un poco de molestia o de cansancio. La receta de la santidad está toda aquí”.
Domingo, desde aquel día, lo intentó de veras. Salir de la mediocridad. He aquí la propuesta. Releer estas páginas de la vida de Domingo Savio y saber traducirlas a nuestra vida es asumir el compromiso de no quedarnos en medianías, no vivir ramplonamente la rutina de cada día dejándonos llevar por lo que va saliendo sin terminar de asumir un proyecto de vida creativo y entusiasta. Hablar hoy de santidad entre los jóvenes –y entre los adultos– puede resultar una extraña paradoja.
Sin embargo, es posible vivir de forma más auténtica y liberadora nuestro día a día. Ser “santo”, no es más que tratar de vivir con profundidad nuestro compromiso con el Evangelio y hacer que éste ilumine cada rincón de nuestra vida transformándola. Domingo apunta alto. No se conforma con una existencia a medio gas ni con un cristianismo lánguido. La propuesta de Don Bosco marca pautas certeras que él asumirá en un proyecto de vida expresado en la autenticidad, la coherencia y el testimonio. Es una propuesta para todos. El próximo 9 de marzo celebraremos el 152 aniversario de la muerte de Domingo Savio. Su recuerdo nos estimula y compromete a toda la familia salesiana en el camino de la santidad.
Vuestro amigo,
José Miguel Núñez.

sábado, 21 de febrero de 2009

ENTRE LOS MAS ABANDONADOS Y EN PELIGRO

Mis queridos amigos:

Escribe Don Bosco en las Memorias del Oratorio, refiriéndose a los orígenes de Valdocco y el inicio de los talleres en el Oratorio:
“Apenas se pudo disponer de otras habitaciones, aumentó el número de aprendices artesanos, que llegó a ser de quince; todos escogidos de entre los más abandonados y en peligro” (en el original añade: 1847).


Don Bosco escogió, lo expresa él mismo con claridad, a los jóvenes más abandonados y en peligro para el inicio de su oratorio. En nuestra familia, la preocupación por los últimos, por los más pobres, por los más abandonados ha sido siempre una constante y es una herencia comprometedora que hemos recibido de nuestro padre.

La preocupación social, el compromiso transformador, el sentido de la justicia y la sensibilidad hacia los últimos han sido siempre características de su acción pastoral y han vertebrado su misión.


Como muestra, un botón. En el archivo central de la Congregación Salesiana en Roma se conservan unos documentos inéditos y sorprendentes: un contrato de aprendizaje fechado en 1851; un segundo contrato, también de aprendizaje y éste en papel timbrado, fechado un año más tarde, 8 de febrero de 1852; algunos más fechados en 1855 ya bien estructurados y estandarizados con cláusulas bien concretas. Todos ellos están firmados por el patrón, el aprendiz y Don Bosco.


Curioso ¿no? Tanto más cuanto en la época no era habitual preservar los derechos de los trabajadores más jóvenes y éstos se veían sometidos a vejaciones y eran explotados sin contemplaciones por los patronos, muchos de ellos sin escrúpulos.


Don Bosco dio pasos decididos en la defensa de los más pobres y se comprometió firmemente en asegurar para sus muchachos condiciones de vida, dignas y justas. Su visita a las fábricas, a las obras, a los talleres para conocer de primera mano la situación de los jóvenes trabajadores no le dejó indiferente.


Impresionan estos “contratos de aprendices” redactados “a pie de obra” para exigir la garantía de los derechos fundamentales de los muchachos: salud física, descanso los días festivos, salario justo, atención médica… ¡Don Bosco fue auténticamente un pionero en la lucha social y la defensa de los más débiles!


Don Bosco miró a su alrededor y no dudó en tomar cartas en el asunto. Su contacto con los arrabales de Turín, con la miseria de sus calles, con la penuria de sus gentes, le hizo implicarse en la realidad y buscar soluciones creativas para afrontar el necesario cambio social.


A nosotros nos toca renovar esta actitud de encarnación en la realidad social y la búsqueda de soluciones a las viejas y siempre nuevas pobrezas juveniles. Nuestro padre supo conciliar la prudencia y la audacia pero no escatimó esfuerzos hasta la temeridad para ocuparse de los últimos.


Abandono, soledad, fracaso escolar, falta de expectativas, marginalidad, exclusión social… realidades que hoy están a nuestro alrededor y que requieren la mirada atenta del educador y el compromiso creativo y transformador de todos los que hemos recibido el “testigo” de Don Bosco.


Vuestro amigo,
José Miguel Núñez

domingo, 1 de febrero de 2009

ESTAR JUNTO A DON BOSCO

Mis queridos amigos:

Un saludo cordial al inicio del nuevo año y mis mejores deseos de bienaventuranzas para todos en este 2009. Comenzamos el mes de Don Bosco y es una estupenda oportunidad para acercarnos más a él y seguir descubriendo los tesoros de su persona, de su experiencia de Dios, de su proyecto liberador para los jóvenes, de su propuesta pedagógica siempre actual.
Ante el inicio de un año nuevo, Don Bosco solía aprovechar las buenas noches del 31 de diciembre para dar a sus chavales el “aguinaldo”, esto es, un recuerdo espiritual para el nuevo año. En 1859, comenzó de esta manera:
“Mis queridos hijos, vosotros sabéis cuánto os quiero y cómo me he consagrado por entero a haceros el mayor bien que me sea dado. Ese poquito de ciencia, ese poquito de experiencia que he adquirido, cuanto soy y cuanto poseo, oraciones, fatigas, salud, mi vida misma, todo deseo emplearlo en vuestro servicio. Todos los días y para cualquier cosa podéis contar conmigo. Por mi parte, y como aguinaldo, me doy a vosotros por entero; será cosa pequeña, pero cuando os lo doy, quiero decir que nada me reservo para mí”.
Sin duda, Don Bosco en estado puro. Palabras pronunciadas desde el corazón, llenas de familiaridad y afecto, cargadas de fuerza porque sostenidas con la experiencia que los propios muchachos tenían cada día de cercanía y cariño de parte del padre de la casa que no escatimaba esfuerzos para abrirles senderos de esperanza en medio de dificultades y sinsabores.
Todos sabían que Don Bosco no decía aquellas palabras para la ocasión. ¡Habían vivido tantas veces este “darse por entero” de aquel pequeño sacerdote de corazón grande! Por eso aquellas “buenas noches” debieron abrigar el alma, tan al aire, de muchos de aquellos jóvenes esarrapados, desconcertados y sin demasiadas perspectivas. Había motivos para la confianza. Aquel cura se ocupaba de ellos como un padre bueno lo hace con sus hijos. Para los jóvenes del Oratorio, estar junto a Don Bosco era una alegría. Uno de sus muchachos, de los que oyó tantas veces “buenas noches” como éstas, escribió:
“Con frecuencia decíamos entre nosotros: ¡Qué gusto da estar cerca de Don Bosco! Quien puede hablarle un instante, enseguida se siente lleno de confianza” (Juan Bautista Francesia). ¿Os dais cuenta? ¡Estar cerca de Don Bosco! De eso se trata también para nosotros. Acercarnos a Don Bosco, escucharlo, conocerlo, hacerlo nuestro. Volvamos a entusiasmarnos, siempre y en toda ocasión, con Don Bosco. Vivámoslo, vibremos con él, démoslo a conocer y entusiasmemos a muchos a que quieran vivir como él. Es la experiencia de Miguel Rua: “He vivido al lado de Don Bosco por espacio de treinta y siete años… Me impresionaba más observar a Don Bosco y estar junto a él que leer y meditar cualquier libro de devoción”(Miguel Rua). Estar junto a Don Bosco. Éste es el mejor aguinaldo para este año. Nuestro padre nos recuerda, como en aquel lejano 1859: “¡Podéis contar conmigo!”. Él seguirá, desde el cielo, susurrándonos al oído la buena noticia del amor de Dios que como pan tierno y blanco sus hijos seguirán partiendo siempre entre los
jóvenes. Buen mes de Don Bosco.
Vuestro amigo, José Miguel Núñez
Enero 2009.