domingo, 16 de noviembre de 2008

LEVANTAR LA MIRADA HACIA LO ALTO

NOVIEMBRE-2008

Mis queridos amigos:

Don Bosco escribió en 1847 un manual de oración para sus muchachos del Oratorio. Lo tituló “El joven instruido” y fue una referencia constante en la vida de Valdocco y de la futura Congregación Salesiana durante generaciones. No era tan sólo un manual, sino que además contenía una propuesta espiritual donde nuestro padre expresó su manera de entender la vida cristiana de los jóvenes.
En el prólogo, Don Bosco escribió: “Queridos jóvenes, os amo de todo corazón y me basta que seáis jóvenes para que os quiera mucho (…) Alzad los ojos, hijos míos y mirad hacia lo alto…”.
Se trata, ni más ni menos, que de una propuesta de santidad juvenil. Un camino de espiritualidad muy en conexión con la vida de los muchachos, muy de todos los días, muy cercano a la realidad cotidiana. Don Bosco no pedía grandes “prácticas de piedad” a los chicos del Oratorio, pero les enseñaba siempre a hacer de lo ordinario algo “extraordinario”: era una propuesta que invitaba a levantar la mirada para fijar los ojos en Dios.
Levantar la mirada hacia lo alto es caer en la cuenta de que la presencia de Dios impregna la vida de cada día dándole un sentido nuevo y diferente. Es alzar los ojos de la tierra, del metro cuadrado que a veces tanto nos agobia, de aquello que no nos deja vivir tranquilos y nos roba la paz del corazón, de lo que nos desasosiega o no nos deja ser verdaderamente libres. Es, sobre todo, experimentar la cercanía de Dios que nos quiere y nos señala siempre un horizonte más pleno que alcanzar.
Para Don Bosco, la espiritualidad es la experiencia cotidiana y sencilla de la cercanía de Dios, de su bondad misericordiosa, de su preocupación por nosotros. ¿No fue eso lo que le enseñó Mamá Margarita en I Becchi? Cuando se sentaban a la puerta de la casa en las noches de verano, siendo Juan tan solo un niño, lo invitaba a mirar a lo alto, a fijar la mirada en el cielo para ayudarle a comprender que Dios es un padre bueno que en su infinita bondad encendía las estrellas cada noche para nosotros.
Aquel humilde campesino creció convencido de que “un pedazo de paraíso lo arregla todo”. Siempre había una estrella que contemplar, un cielo que admirar, un agradecimiento que musitar en el silencio de la noche porque Dios se preocupaba siempre por sus muchachos y nunca los abandonaba. Estaba seguro de que, por muy fuerte que soplaran los vientos, la confianza inquebrantable en Dios iluminaba siempre, de forma nueva, la realidad.
Fue precisamente este “amor providente” de Dios que tantas veces experimentó en su vida, el que Don Bosco quiso transmitir a sus muchachos. En “El joven instruido”, en su espiritualidad, la primacía la tiene siempre Dios y su amor de Padre.
Apuntemos siempre a lo importante. En nuestra propia experiencia creyente, en nuestra propuesta de crecimiento en la fe para nuestros jóvenes, no perdamos nunca de vista dónde está lo esencial: la espiritualidad juvenil salesiana es un camino sencillo hacia la santidad en el que aprendemos, desde la vida diaria, a mirar siempre hacia lo alto, a levantar los ojos hacia Dios. Y iempre habrá un cielo por el que agradecer, cada noche, tanta providencia.

Vuestro amigo,

José Miguel Núñez

LA DIGNIDAD DE SER HOMBRE

Octubre de 2.008.
Mis queridos amigos:

Entre 1860 y 1861, el Oratorio de Don Bosco en Valdocco había sido objeto de alguna inspección desagradable.
Para salir al encuentro de las dificultades, Don Bosco escribe los “Apuntes históricos del Oratorio de San Francisco de Sales” (1862), pensando utilizar estas reflexiones como instrumento para una correcta información sobre su obra. En estas pocas páginas, expresa con mucha claridad cómo piensa Valdocco y la realidad que se vive en la casa después de muchos años de experiencia con los jóvenes más abandonados y en peligro de Turín y del Piamonte. Escribe:
“La idea de los Oratorios nace de la visita a las cárceles de esta ciudad. En estos lugares de miseria espiritual y temporal se encontraban muchos jóvenes, de ingenio despierto, de corazón bueno (…) estaban allí encerrados, envenenados, hechos el oprobio de la sociedad (…) En el Oratorio, poco a poco se les hacía experimentar la dignidad de ser hombres; que la persona es razonable y debe procurarse el pan de la vida con honestas fatigas y no con el robo”.
Don Bosco nos expresa con mucha sencillez cuál es el origen de su obra y las intuiciones que la sostienen.
Es la mirada inicial y penetrante del educador-pastor que descubre la realidad de los jóvenes y no se pierde en lamentos ni contemplaciones. Con brazos arremangados, Juan comienza su trabajo con los pies en la tierra y respondiendo a las dificultades de los muchachos que en aquel Turín de la revolución industrial eran carne de cañón de la nueva sociedad emergente. Como en todo tiempo, el corazón de los que respiramos en salesiano, debe cultivar una especial sensibilidad por los jóvenes más excluidos.
No podemos olvidar nunca que la obra salesiana nace de una mirada aguda y penetrante sobre la realidad juvenil. El Oratorio surge de un latido compasivo (en el sentido más literal del término)hacia aquellos a los que la vida, la historia y la sociedad les han arrancado la dignidad de ser hombres.
Las palabras de Don Bosco, “se les hacía experimentar la dignidad de ser hombre”, indican bien a las claras una de sus maneras de entender su propuesta educativa. Es tarea y compromiso del educador salesiano hacer sentir a los jóvenes la profunda dignidad del ser humano.
Ser persona es coger las riendas de la vida y ser dueño del propio futuro; experimentar la libertad que nos hace más humanos y abre espacios interiores de fidelidad a uno mismo y de lealtad para con los demás. Detrás de la expresión la dignidad de ser hombre, se encierra lo más noble del compromiso educativo de Don Bosco. Pan material y vestido; estudios y formación, capacitación profesional e inserción laboral… pero sobre todo educar para que los jóvenes descubran horizontes para la propia vida que dé sentido a lo que son y les ayude a ser más persona. Educar en salesiano también es el afecto y el calor de la amistad, la sonrisa franca y abierta de la acogida, la incondicionalidad de querer a las personas así como son, ofrecer a Jesucristo, camino verdad y vida… posibilitar, en definitiva, que los jóvenes crezcan y maduren liberados de cualquier cárcel (abandono, miseria, oscuridad, sin sentido…) y sean protagonistas de su propia vida.
Don Bosco, una vez más, nos recuerda que nuestro primer Oratorio, fue una visita a la cárcel y el empeño por liberar a los jóvenes de injustas prisiones. Ojalá no lo olvidemos.

Vuestro amigo,

José Miguel Núñez.